Apologética
¿Qué Dice la Iglesia sobre la Masturbación?
Qué dice la Biblia y la Iglesia sobre la masturbación: por qué es un pecado grave contra la castidad, según el Catecismo de San Pío X, el sexto mandamiento y san Pablo. Pero también el camino de la esperanza: la confesión, la gracia y la lucha por la pureza.

Pocas preguntas se escriben hoy con tanta frecuencia y con tanta angustia como esta: ¿qué dice la Biblia sobre la masturbación? Detrás de la pregunta hay casi siempre un alma que lucha y que quiere saber la verdad sin rodeos. Por eso vamos a responder sin tibieza, pero también sin dureza. La Iglesia nunca ha querido aplastar al pecador; quiere salvarlo. Y para salvarlo, primero le dice la verdad.
Digámoslo con claridad desde el principio: sí, la masturbación es pecado, y un pecado grave contra la santa virtud de la castidad. No lo decimos por nuestra cuenta, sino la doctrina constante de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura. Pero junto a esa verdad firme está la otra, igual de cierta: ningún pecado de esta clase es invencible, y la misericordia de Dios espera a quien se levanta.
Lo que enseña el sexto mandamiento
La Escritura no usa la palabra moderna «masturbación», pero condena con toda claridad cuanto se opone a la pureza. El sexto mandamiento, «No cometerás impurezas», es la base de toda esta enseñanza. El Catecismo de San Pío X lo explica sin ambigüedad: este mandamiento «nos prohíbe todo acto, toda mirada, toda palabra contraria a la castidad, y la infidelidad en el matrimonio».
«Todo acto contrario a la castidad»: la fórmula no admite excepciones. La masturbación es, precisamente, un acto deliberado contra la castidad, un uso de la facultad que Dios dio al hombre para la transmisión de la vida, desviado de su fin y buscado por el solo placer. Por eso entra de lleno en lo que el sexto mandamiento prohíbe.
El Catecismo añade una advertencia que conviene oír sin endulzarla. A la pregunta de si la impureza es un gran pecado, responde: «Es un pecado muy grave y abominable delante de Dios y delante de los hombres; rebaja al hombre a la condición de los animales sin razón, lo arrastra a otros muchos pecados y vicios». Son palabras severas. No son de desprecio hacia la persona, sino de amor: quien nos ama de verdad nos advierte del precipicio.
El testimonio de la Escritura
La tradición cristiana ha visto siempre en el episodio de Onán (Génesis xxxviii) una condena bíblica del acto que derrama en vano la semilla fuera de su fin natural. Onán, obligado a dar descendencia a su hermano difunto, «sabiendo que la sucesión no había de ser» suya, derramó su simiente en tierra; «por lo cual el Señor le hirió de muerte, en castigo de» aquel acto (Gn xxxviii, 9-10, trad. Torres-Amat). El castigo divino, fulminante, muestra que no se trata de una cosa pequeña a los ojos de Dios.
San Pablo es todavía más explícito al enumerar los pecados que cierran las puertas del cielo. A los corintios les escribe:
«¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No queráis cegaros, hermanos míos: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avarientos, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña, han de poseer el reino de Dios.»
(1 Corintios vi, 9-10, trad. Torres-Amat)
El Apóstol coloca los pecados contra la castidad en cabeza de esa lista terrible. Y no por casualidad: en otro lugar manda «huir la fornicación» y recuerda que nuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo (1 Cor vi, 18-19). El cuerpo cristiano no nos pertenece para usarlo a capricho; ha sido rescatado «á gran precio», la sangre de Cristo.
¿Por qué es pecado grave, y no algo «natural»?
El mundo de hoy repite que se trata de algo inofensivo, incluso saludable. La Iglesia responde que el placer sensual no es malo en sí —Dios lo unió al acto conyugal y a la procreación—, pero que arrancarlo de su fin y buscarlo en solitario lo desordena gravemente. Es usar para uno mismo, y contra su propósito, un don que Dios ordenó al amor y a la vida.
Por su materia, este pecado es de los que llamamos graves o mortales: priva al alma de la gracia santificante si se comete con plena advertencia y consentimiento deliberado. De ahí la insistencia de la Iglesia. No lo dice para sembrar miedo estéril, sino porque ama las almas y no quiere que ninguna se pierda por creer pequeño lo que es grande.
Conviene, sin embargo, una nota de serenidad. El Catecismo enseña que «los pensamientos que nos vienen a la mente contra la pureza no son por sí mismos pecados; son más bien tentaciones». La tentación no es culpa; la culpa empieza cuando se consiente. Y la gravedad de un acto concreto puede verse disminuida por la fuerza del hábito, la falta de plena advertencia o las pasiones que oscurecen la voluntad. Esto no cambia la doctrina —el acto sigue siendo en sí desordenado—, pero ayuda a no caer en la desesperación, que es otra trampa del enemigo.
El camino de la esperanza
Si has llegado hasta aquí cargando el peso de esta lucha, escucha bien: hay remedio, y es seguro. San Pablo, después de su lista temible, no deja a los corintios en el suelo. Añade enseguida:
«Tales habéis sido algunos de vosotros en otro tiempo: pero fuisteis lavados, fuisteis santificados, fuisteis justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y por el Espíritu de nuestro Dios.»
(1 Corintios vi, 11, trad. Torres-Amat)
«Fuisteis lavados.» Esa es la palabra de la esperanza cristiana. Ninguno de esos pecados es la última palabra sobre un alma que vuelve a Dios. El sacramento de la Confesión existe precisamente para esto: por muchas veces que se caiga, otras tantas se puede uno levantar, ser lavado, recobrar la gracia y empezar de nuevo. No hay que avergonzarse de confesar a menudo lo mismo; el sacerdote no se escandaliza, y Dios menos.
La gracia no falta. Lo que Dios manda, Él lo hace posible. El Catecismo nos da las armas concretas para observar el sexto y el noveno mandamientos: «orar a Dios a menudo y de todo corazón, ser devotos de la Virgen María, Madre de la pureza, recordar que Dios nos ve, pensar en la muerte, en los castigos divinos, en la pasión de Jesucristo, guardar nuestros sentidos, practicar la mortificación cristiana y frecuentar los sacramentos». Y enumera lo que hay que huir: «la ociosidad, las malas compañías, la intemperancia, las imágenes indecentes, los espectáculos licenciosos, las conversaciones peligrosas y todas las demás ocasiones de pecado».
La lucha por la pureza es, ante todo, una lucha por la oración, los sacramentos y la huida de las ocasiones. La castidad no se conquista de una vez, sino día a día, con caídas y con un volver a empezar humilde y tenaz. La Virgen María, Madre purísima, acompaña de cerca a quien la invoca en esta batalla.
No te quedes solo en ella. La confesión frecuente, la Comunión, un buen director de almas y la devoción a la Madre de Dios son el camino probado por los santos, que también fueron tentados y también vencieron, no por su fuerza, sino por la gracia.
Preguntas Frecuentes
¿Qué dice la Biblia sobre la masturbación?
La Biblia no usa la palabra moderna, pero condena con claridad todo lo contrario a la castidad. El sexto mandamiento prohíbe «todo acto contrario a la castidad»; el episodio de Onán (Gn xxxviii, 9-10) muestra el castigo divino del acto que derrama la semilla en vano, y san Pablo coloca los pecados de impureza en cabeza de los que excluyen del reino de Dios (1 Cor vi, 9-10).
¿La masturbación es pecado mortal?
Por su materia es un pecado grave contra la castidad, y se convierte en pecado mortal cuando se comete con plena advertencia y pleno consentimiento. El hábito arraigado, la falta de plena advertencia o la fuerza de la pasión pueden disminuir la culpabilidad en un acto concreto, pero no cambian que el acto en sí es desordenado y debe confesarse.
¿Qué dice la Biblia sobre la lujuria?
San Pablo manda «huir la fornicación» y enseña que el cuerpo del cristiano es templo del Espíritu Santo, rescatado a gran precio (1 Cor vi, 18-20). El Catecismo de San Pío X cuenta la Lujuria entre los siete vicios capitales y enseña que se la vence «por la castidad», con la oración, los sacramentos y la devoción a la Virgen.
¿Cómo confesar este pecado sin vergüenza?
Acude al confesonario y di sencillamente la especie y, en lo posible, el número aproximado de veces. El sacerdote está allí para perdonar en nombre de Cristo, no para juzgarte ni escandalizarse. Aunque caigas a menudo, vuelve a confesarte siempre: cada confesión bien hecha te lava y te devuelve la gracia.
¿Cómo vencer la masturbación y la impureza?
Con las armas que enseña el Catecismo: oración frecuente, devoción a la Virgen María, recuerdo de la presencia de Dios, guarda de los sentidos, mortificación y sacramentos frecuentes. Y huyendo de las ocasiones: la ociosidad, las malas compañías y, sobre todo hoy, las imágenes indecentes. La constancia, más que la fuerza, gana esta batalla.
Conocer la verdad sobre este pecado no es para condenarnos, sino para sanarnos. La Iglesia nos dice con firmeza lo que ofende a Dios, y con la misma firmeza nos ofrece el remedio: la gracia que lava, levanta y fortalece. Quien lucha y se confiesa ya está venciendo.
Para seguir formándote, te dejamos nuestras guías sobre cómo confesarse, el examen de conciencia, el acto de contrición, los 7 pecados capitales y los 10 mandamientos.
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Fuentes. Catecismo de San Pío X (sexto y noveno mandamientos; vicios capitales); Sagrada Biblia, traducción de Félix Torres-Amat (Génesis xxxviii, 9-10; 1 Corintios vi, 9-11. 18-20).