Oraciones
Oración por la Paz
La oración tradicional por la paz interior y la paz del mundo — la paz que da Cristo y que el mundo no puede dar (Jn 14, 27) — con sus santos patronos y la confianza cristiana en Dios, en español y en latín.

Buscamos la paz por todas partes, y casi nunca la hallamos donde la buscamos. La queremos entre las naciones, y vemos guerras; la queremos en la casa, y hallamos discordia; la queremos en nuestro propio corazón, y dentro de nosotros encontramos un campo de batalla. Es que hay una paz que el mundo no sabe dar, porque no la tiene. La verdadera paz tiene un solo Autor, y un solo nombre: Jesucristo, Príncipe de paz. Aquí les dejamos una oración por la paz —por la paz interior y por la paz del mundo—, con sus santos patronos y la única disposición del alma que de veras la atrae: la confianza en Dios. Esta no es una fórmula mágica ni un conjuro para conseguir lo que queremos; es la súplica humilde de unos hijos a su Padre.
La paz que da Cristo, no la que da el mundo
La noche antes de morir, mientras los suyos temblaban, el Señor les hizo la promesa más grande que jamás se haya hecho a un corazón humano:
La paz os dejo, la paz mía os doy; no os la doy yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se acobarde. (Jn 14, 27)
Notemos bien la distinción que hace el mismo Cristo: hay una paz del mundo y una paz suya. La paz del mundo es ausencia de ruido, de guerra, de molestia; depende de que todo vaya como queremos, y por eso es frágil como el vidrio: cualquier contrariedad la quiebra. La paz de Cristo es otra cosa enteramente. Es una paz que puede habitar en medio de la tormenta, en la cárcel, en la enfermedad, hasta en el martirio. Los santos la tuvieron en el potro y en la hoguera. No es que el mundo dejara de golpearlos; es que el mundo ya no podía quitarles a Aquel que los habitaba.
Por eso el Señor, esa misma noche, añadió:
En el mundo padeceréis aprietos; mas tened confianza, que yo he vencido al mundo. (Jn 16, 33)
La paz cristiana, pues, no nace de que no haya guerra fuera, sino de que Cristo reina dentro. Quien pide la paz, en el fondo está pidiendo que Cristo reine: en su alma primero, y desde ahí en su familia, en su pueblo, en el mundo entero. No hay paz sin orden, y no hay orden sin Dios.
El orden de la paz: primero el corazón
Hay una tentación muy humana que conviene desenmascarar: querer la paz del mundo sin querer la paz del corazón. Pedimos que se acaben las guerras lejanas mientras alimentamos pequeñas guerras propias —el rencor que no soltamos, el perdón que negamos, la ambición que nos devora—. Pero la paz, como todo lo de Dios, va de dentro hacia afuera. San Agustín la definió de una vez para siempre: la paz es la tranquilidad del orden. Y el primer orden que se nos pide restablecer es el de nuestra propia alma sometida a Dios.
De ahí que la oración por la paz empiece siempre por casa. Antes de pedir por las naciones, pidamos ser nosotros pacíficos, porque a esos llamó el Señor bienaventurados:
Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. (Mt 5, 9)
No dice "los que no tienen problemas", sino "los pacíficos": los que llevan la paz, los que la hacen, los que la siembran. Esa es la vocación del cristiano en un mundo en guerra. Y el modo de empezar nos lo enseñó San Pablo, dándonos a la vez el remedio contra la ansiedad y el camino de la paz interior:
No os inquietéis por la solicitud de cosa alguna; sino que en toda oración y plegaria con hacimiento de gracias sean presentadas vuestras peticiones á Dios. Y la paz de Dios, que sobrepuja á todo entendimiento, guarde vuestros corazones. (Flp 4, 6-7)
Esta es la fórmula entera de la paz cristiana: no inquietarse, sino orar; no rumiar el miedo, sino entregarlo. La paz no se conquista a fuerza de control, sino que se recibe a fuerza de confianza. El que se abandona en las manos del Padre puede dormir tranquilo aun en medio de la prueba, como el salmista:
Mas yo, Dios mío, dormiré en paz, y descansaré en tus promesas. (Sal 4, 9)
El abandono cristiano, raíz de toda paz
Aquí está el secreto que distingue la oración cristiana de toda superstición. No rezamos por la paz como quien echa una moneda en una máquina, esperando que salga el resultado. Rezamos como un niño que se duerme en brazos de su padre, no porque sepa lo que va a pasar mañana, sino porque sabe en quién confía. A esto los maestros espirituales lo llamaron santo abandono: dejar en manos de Dios el cómo y el cuándo, pidiendo con fe pero descansando en su voluntad.
El abandono no es pasividad ni resignación triste. Es la forma más alta de la confianza. Significa decir, con el corazón y no solo con los labios: Señor, danos la paz si conviene a nuestra salvación; y si la prueba es lo que conviene, danos la paz tuya en medio de la prueba. Quien reza así nunca queda defraudado, porque pide ante todo a Dios mismo, y Dios siempre se da. El que tiene a Dios, lo tiene todo, y nada le falta. Esa es la paz que sobrepuja á todo entendimiento: no se explica, se experimenta, y la conocen los que se han atrevido a soltar el control y a fiarse.
La oración de la Iglesia por la paz
He aquí la oración de la Iglesia por la paz, la colecta Deus, a quo sancta desidéria del Breviario y del Misal romanos, que pide a un tiempo la paz interior y la paz del mundo:
Deus, a quo sancta desidéria, recta consília et justa sunt ópera: da servis tuis illam, quam mundus dare non potest, pacem; ut et corda nostra mandátis tuis dédita, et, hóstium subláta formídine, témpora sint, tua protectióne, tranquílla. Per Dóminum nostrum Jesum Christum, Fílium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti Deus, per ómnia sǽcula sæculórum. Amen.
¡Oh Dios, de quien proceden los santos deseos, los consejos rectos y las obras buenas!; concede a tus siervos aquella paz que el mundo no les puede dar, para que nuestros corazones cumplan tus mandamientos y nuestro tiempo, alejado todo temor de guerra, discurra bajo tu protección, en la tranquilidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
En el Breviario romano la precede, en el sufragio por la paz, esta antífona:
Da pacem, Dómine, in diébus nostris, quia non est álius qui pugnet pro nobis, nisi tu, Deus noster. (Danos, Señor, la paz en nuestros días, porque no hay otro que pelee por nosotros sino tú, Dios nuestro.)
Nota sobre el texto. Las demás oraciones de esta página —la oración breve que sigue y las súplicas por el mundo, por las naciones en guerra y por México— son composiciones de devoción moderna, sin texto litúrgico ni aprobación propia; la oración oficial de la Iglesia por la paz es la colecta que acabamos de dar.
Y la oración breve que conviene repetir cuando el corazón se turba:
Jesús, Príncipe de paz, en ti confío. Reina en mi corazón, reina en mi casa, reina en el mundo. Danos tu paz.
Oración corta por la paz
A veces el corazón no tiene fuerzas para una oración larga; basta un suspiro confiado. Estas jaculatorias breves se pueden repetir a lo largo del día, en el trabajo, en la calle o antes de dormir:
Señor, danos tu paz, la que el mundo no puede dar.
Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.
Reina de la Paz, ruega por nosotros.
La oración no necesita ser larga para ser verdadera. El Señor escucha al que pide con fe, aunque sea con tres palabras. Mejor poca oración con atención que muchas palabras sin corazón.
Oración por la paz del mundo entero
Cuando pedimos por la paz del mundo entero, no rezamos por una abstracción, sino por cada pueblo, cada nación, cada familia desgarrada por la guerra, el odio o la injusticia. La Iglesia siempre ha extendido sus brazos a toda la tierra, porque Cristo murió por todos. He aquí una súplica universal:
Oh Dios, Padre de todos los hombres, que quieres que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad: mira con misericordia a este mundo dividido por el odio y la guerra. Convierte los corazones de los que gobiernan, consuela a los que sufren, ampara a los inocentes, y da a la tierra entera la paz que solo de ti procede. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
La paz del mundo entero comienza, no obstante, por la conversión de cada uno. No hay paz universal sin paz en los corazones, porque, como enseña la Escritura, las guerras y contiendas nacen de las pasiones que combaten en nuestros miembros (cf. Sant 4, 1). Por eso rezar por la paz del mundo es también pedir la propia conversión.
Hora Santa por la paz
La Hora Santa es la antigua devoción de pasar una hora en oración ante Jesús Sacramentado, acompañándole como los Apóstoles no supieron hacerlo en Getsemaní: ¿No habéis podido velar una hora conmigo? (Mt 26, 40). Ofrecerla por la paz es una de las formas más poderosas de súplica, porque pone la petición a los pies del mismo Príncipe de paz, presente en la Eucaristía.
No hay un rito fijo obligatorio; proponemos un orden sencillo para una Hora Santa por la paz:
- Adoración. Comienza adorando a Cristo presente en el Santísimo: Te adoro, oh Jesús, Príncipe de paz, presente en este Sacramento.
- Reparación. Pide perdón por los pecados que rompen la paz —el odio, la venganza, la soberbia de los hombres y de las naciones.
- Meditación. Lee y medita despacio el Evangelio de la agonía en el huerto (Mt 26, 36-46) o las promesas de paz de Cristo (Jn 14, 27).
- Súplica. Presenta tus intenciones por la paz: del mundo, de tu patria, de tu familia, de tu corazón.
- Rosario. Reza al menos un misterio del Santo Rosario, pidiendo la intercesión de la Reina de la Paz.
- Acción de gracias. Termina dando gracias y renovando tu confianza con un acto de acción de gracias.
Quien dedica una hora al Señor por la paz hace más por el mundo que muchos discursos, porque toca la única raíz desde donde la paz puede crecer: el Corazón de Cristo.
Oración por la paz en Ucrania y en las naciones en guerra
La guerra es siempre una herida que clama al cielo. Cuando un pueblo sufre la violencia —Ucrania, Tierra Santa, o cualquier nación devastada por las armas—, el cristiano no permanece indiferente: reza, porque sabe que la verdadera paz no la firman solo los hombres, sino que la concede Dios. Por las naciones en guerra podemos rezar así:
Señor de la paz, vuelve tus ojos a los pueblos que hoy padecen la guerra. A los caídos, dales el descanso eterno; a los heridos, alivio; a los que huyen, refugio; a los que matan, conversión. Quita de los corazones el odio y la sed de venganza, y haz que cesen las armas. Reina, Príncipe de paz, donde los hombres han sembrado muerte, y devuelve la concordia a esta tierra. Amén.
Rezar por la paz en Ucrania o en cualquier nación en guerra no es tomar partido por una política, sino implorar el fin del derramamiento de sangre y la conversión de todos. Conviene acompañar esta súplica con la oración a San Miguel Arcángel, defensor del pueblo de Dios contra el enemigo que enciende las guerras.
Oración por la paz de México
México, tierra mariana coronada por la presencia de Nuestra Señora de Guadalupe, ha conocido en su historia la violencia y la división. Por la paz de esta nación —y de toda nación que sufre la inseguridad, el crimen o el desgarro social— elevamos nuestra súplica a Dios por medio de su Madre, Patrona de toda América:
Santa María de Guadalupe, Madre y Reina de México, que prometiste enjugar las lágrimas de tus hijos: vuelve tus ojos misericordiosos a esta tierra. Aleja de ella la violencia, el odio y el miedo; convierte los corazones endurecidos; consuela a las familias afligidas, y alcánzanos de tu Hijo la paz que el mundo no puede dar. Reina de la Paz, ruega por México. Amén.
La paz de un pueblo no se logra solo con leyes ni con fuerza, sino con la conversión de los corazones a Dios. Por eso, al pedir por la paz de México o de cualquier patria, pedimos sobre todo que vuelva a reinar Cristo en ella.
Los santos patronos de la paz
Dios quiere que nos ayudemos unos a otros, y que los del cielo intercedan por los de la tierra. Por eso la Iglesia nos ha dado patronos a quienes acudir cuando pedimos la paz.
La Santísima Virgen María, Reina de la Paz. Es ella quien nos trajo al Príncipe de paz en sus brazos, y quien en su Magníficat cantó al Dios que derriba a los poderosos y ensalza a los humildes. Bajo este título —Regina Pacis— la Iglesia la invoca en las Letanías. A la Madre de la Misericordia acudimos confiados, pues ningún hijo que se haya refugiado en ella ha quedado sin amparo.
San Francisco de Asís. El pobre de Asís, que predicó la paz, enseña a llevarla a los demás antes que reclamarla para sí: es la paz que empieza por uno mismo. (La conocida oración «Señor, hazme un instrumento de tu paz» no es suya: apareció en Francia en 1912.)
San Miguel Arcángel. Príncipe de la milicia celestial, defensor del pueblo de Dios contra el enemigo que siembra la discordia. A él acudimos contra las guerras que nacen del odio del maligno. Pueden leer la oración a San Miguel Arcángel para esta batalla.
San José. Custodio de la Sagrada Familia, patrono de la Iglesia y modelo de la paz del hogar, donde reinó el silencio, la obediencia y el amor. Por él pedimos la paz de nuestras casas. Aquí tienen la oración a San José.
Y sobre todos, recordemos que la paz es promesa antigua de Dios a su pueblo. Por eso pedimos también, con el salmo, por la paz de la ciudad santa y de toda la Iglesia:
Pedid á Dios los bienes de la paz para Jerusalén; y vivan en la abundancia los que te aman, oh ciudad santa. (Sal 121, 6)
Cómo rezar por la paz
No hace falta gran ciencia para pedir la paz; hace falta gran confianza. Estos son unos pasos sencillos:
- Empieza por ti. Antes de pedir por el mundo, pide ser tú pacífico: perdona, suelta el rencor, somete tu corazón a Dios. Un buen acto de contrición limpia el alma y la dispone a la paz.
- Confía, no exijas. Pide con fe, pero descansa en la voluntad de Dios. No reces como quien negocia, sino como quien se abandona.
- Acude a los santos. Pon tu súplica en manos de la Reina de la Paz y de los santos patronos, que interceden por nosotros.
- Persevera. La paz no siempre llega de golpe. El que persevera en la oración, recibe; y mientras espera, ya goza de la paz de quien sabe que ha confiado bien.
- Sé instrumento. Pide la paz, y luego hazla: en tu casa, en tu trabajo, con tu prójimo. La oración que no se traduce en obras de paz queda a medias.
Puedes acompañar tu oración por la paz con el Santo Rosario, arma de paz por excelencia, con la oración por la familia, la oración de acción de gracias y, en la prueba, la oración para casos difíciles, y con las demás oraciones católicas de la tradición.
Preguntas Frecuentes
¿Qué dice la Biblia sobre la paz?
La Escritura enseña que la paz verdadera viene de Dios y no del mundo. Cristo se llama a sí mismo el dador de la paz: La paz os dejo, la paz mía os doy; no os la doy yo como la da el mundo (Jn 14, 27). Es la tranquilidad del orden: el alma en orden con Dios, la casa en orden, el mundo en orden bajo Cristo Rey. El que la pide con confianza y se abandona en Dios, la recibe.
¿Qué dice la Biblia sobre la paz mundial?
Que no habrá paz duradera entre los hombres mientras no reine Cristo en los corazones, porque las guerras nacen de las pasiones desordenadas. Isaías anunció al Mesías como Príncipe de paz (Is 9, 6), y de él procede toda concordia verdadera. Por eso rezamos por la paz del mundo pidiendo ante todo que Dios reine: la paz exterior es fruto de la paz interior de los pueblos vueltos a Dios.
¿Qué dice la Biblia sobre la ansiedad?
San Pablo da el remedio exacto: No os inquietéis por la solicitud de cosa alguna; sino que en toda oración... sean presentadas vuestras peticiones á Dios. Y la paz de Dios, que sobrepuja á todo entendimiento, guarde vuestros corazones (Flp 4, 6-7). El antídoto contra la ansiedad no es el control, sino la confianza: entregar a Dios lo que nos inquieta y descansar en su providencia.
¿Qué dice la Biblia sobre el miedo?
El miedo nace de creer que estamos solos. Por eso el Señor, prometiendo su paz, añade enseguida: No se turbe vuestro corazón, ni se acobarde (Jn 14, 27), y tened confianza, que yo he vencido al mundo (Jn 16, 33). El cristiano vence el miedo no negándolo, sino poniéndolo en manos de Cristo, que ya venció. Quien confía en Dios dormirá en paz (Sal 4, 9).
¿La oración por la paz funciona como un amuleto?
No, y conviene rechazar firmemente esa idea. La oración cristiana no es magia ni transacción: no rezamos "esto" para "obtener" automáticamente un resultado. Rezamos como hijos que confían en su Padre, pidiendo con fe y abandonándonos en su voluntad. La paz no se arranca a Dios con fórmulas; se recibe de su mano como un don, en su tiempo y su modo, que siempre son los mejores.
¿Cuál es una oración corta por la paz?
Una jaculatoria sencilla basta: Señor, danos tu paz, la que el mundo no puede dar (cf. Jn 14, 27). También se puede repetir Jesús, Príncipe de paz, en ti confío o Reina de la Paz, ruega por nosotros. La oración no necesita ser larga para ser verdadera; el Señor escucha al que pide con fe, aunque sea con tres palabras.
¿Qué es una Hora Santa por la paz?
Es la devoción de pasar una hora en oración ante Jesús Sacramentado, ofreciéndola por la paz, en respuesta a su reproche en Getsemaní: ¿No habéis podido velar una hora conmigo? (Mt 26, 40). Suele incluir adoración, reparación, meditación del Evangelio, súplica por las intenciones de paz y el Rosario. Pone la petición a los pies del mismo Príncipe de paz, presente en la Eucaristía.
¿Cómo rezar por la paz del mundo?
Pidiendo ante todo que Cristo reine en los corazones, porque las guerras nacen de las pasiones desordenadas (cf. Sant 4, 1). Se reza por todos los pueblos, por la conversión de los que gobiernan y por las naciones en guerra, sin tomar partido político, implorando el fin del derramamiento de sangre. La paz del mundo entero comienza por la conversión de cada uno.
¿A qué santos se les pide por la paz?
A la Santísima Virgen María, Reina de la Paz; a San Francisco de Asís; a San Miguel Arcángel, defensor contra la discordia del enemigo; y a San José, patrono de la paz del hogar. Ellos interceden por nosotros, pero la paz la da siempre Dios: los santos nos llevan a Él, no lo reemplazan.
La app Iter Fidei trae las oraciones, los salmos y las novenas, en latín y español, con audio. Únase al acceso anticipado aquí.
Fuentes. Sagrada Biblia, traducción de Félix Torres-Amat (Jn 14, 27; Jn 16, 33; Mt 5, 9; Mt 26, 40; Flp 4, 6-7; Sal 4, 9; Sal 121, 6; Is 9, 6; Sant 4, 1). Antífona Da pacem, Dómine y colecta Deus, a quo sancta desidéria, del Breviario romano (sufragio por la paz) y del Misal romano. San Agustín, De Civitate Dei, XIX, 13 (la paz como tranquilidad del orden). Sobre la Hora Santa, la devoción tradicional al Santísimo Sacramento en memoria de la agonía de Getsemaní (cf. Mt 26, 36-46).