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Gaza: calles sin señales, una parroquia que rehace el camino
En Gaza, la parroquia de la Sagrada Familia repara escuelas y espacios de vida entre los escombros y llama a rezar por la paz.

En Gaza, el párroco de la parroquia de la Sagrada Familia describe cada día a una población que sobrevive entre los escombros, en una crisis humanitaria que no cede. Las calles están en su mayoría destruidas o gravemente dañadas —«calles sin señales y señales sin calles»—, y la comunidad cristiana se afana en levantar lo que aún puede levantarse.
Rehacer un camino no es solo cuestión de ingeniería. «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida», dice el Señor: toda ruta que une un punto de partida con su término es imagen de la que conduce al hombre hasta Dios. La Iglesia siempre ha sostenido que el cuidado de los cuerpos y el cuidado de las almas van juntos, y que alimentar, dar cobijo y consolar son obras de misericordia por las que se sirve a Cristo en los pobres. Enseña también a esperar la paz no de las armas, sino de Dios, a quien se implora con la oración: cada día, en el padrenuestro, el cristiano pide ser librado del mal y perdonar como es perdonado, sin dejar jamás al mal la última palabra.
La comunidad reconstruye con lo que encuentra. Falta el cemento y es caro; ha llegado a vendérsele adulterado, mezclado con harina. La madera de los palés de mercancías sirve para rehacer los bancos de los niños; viejos encerados y materiales sacados de los edificios reventados se recuperan para la escuela, que se limpia y se repara en parte, como la parroquia. El domingo, tras la oración de la mañana, algunas familias pasan unas horas junto a un mar que la guerra ha ensuciado, «un pequeño picnic». El párroco lo dice sin rodeos: aún no hay señales concretas de mejora, y pide que se siga rezando por la paz.
Fuentes. San Juan, XIV, 6 (Vulgata); Catecismo del Concilio de Trento (1566), sobre el padrenuestro y las obras de misericordia.