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Un obispo desaparecido en Nicaragua: la Iglesia en oración por su pastor encadenado
Un obispo nicaragüense está en desaparición forzada desde junio; medimos esta persecución por la libertad que la Iglesia tiene solo de Dios.
En Nicaragua, un obispo, monseñor Abelardo Mata, está desaparecido desde finales del mes de junio. Detenido por el poder, no ha vuelto a aparecer, y ninguna información oficial se da sobre su suerte, su lugar de detención ni su estado. Había orado públicamente por la Iglesia perseguida. Hasta el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, entre otras voces, ha exigido al régimen que revele por fin qué ha sido de él.
La Iglesia conoce desde antiguo el rostro de la tiranía que se ensaña contra sus pastores. Ya en los primeros días, « Mientras que Pedro estaba así custodiado en la cárcel, la Iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. » Y el Señor puso una prohibición temible sobre quienes ponen la mano en los suyos : « Guardaos de tocar á mis ungidos: no maltratéis á mis profetas. » Secuestrar a un obispo, hacerlo desaparecer, privar a un pueblo de su padre en la fe : he ahí una injusticia que la doctrina constante cuenta entre las más graves, pues hiere a la vez al hombre, al inocente, y a la libertad que la Iglesia tiene solo de Dios.
Medida por esta regla, la noticia nos llama a nombrar el hecho sin rodeos y a orar sin descanso. No juzgamos las almas ; decimos el acto : hacer desaparecer a un pastor porque oró por la Iglesia sufriente es un abuso de la espada, que solo se confía a la autoridad para proteger, no para oprimir. Que este país probado recobre la libertad de sus iglesias ; que el obispo sea devuelto a su rebaño. Y si el silencio de los poderosos se prolonga, que no calle ella, la oración de la Iglesia : porque fue ella la que, en otro tiempo, abrió las puertas de la prisión de Pedro, y es ella todavía la que sigue siendo el arma de los indefensos.
Sources. Hechos de los Apóstoles, XII, 5 ; Salmo CIV, 15, según la Vulgata ; Catecismo del Concilio de Trento (1566), del quinto mandamiento, sobre la injusticia hecha al prójimo.