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Ataque con cuchillo en la abadía de Jarosław: sacerdotes asesinados antes de la misa
Un hombre apuñaló a cinco personas, entre ellas tres sacerdotes, en la abadía de las benedictinas de Jarosław poco antes de la misa; al menos un sacerdote murió.

El 24 de septiembre de 2026, hacia las 9:30, un hombre armado con un cuchillo atacó a cinco personas en el terreno de la abadía de las benedictinas de Jarosław, en Polonia, poco antes de la misa de las diez. Entre los heridos, tres sacerdotes y dos laicos, cuatro hombres y una mujer. Al menos un sacerdote falleció; según actualizaciones posteriores, un segundo sacerdote murió a su vez, mientras otra víctima seguía en peligro de muerte.
El balance sigue siendo objeto de discusión: algunos relatos hablan solo de un sacerdote muerto y de otros dos en estado muy grave, otros de dos sacerdotes muertos. Referimos ambas versiones sin zanjar. El agresor, un ciudadano ucraniano de treinta y un años, fue detenido en el lugar; a la vista de los policías, habría arrojado su arma y levantado las manos. El móvil no está establecido.
Según una religiosa de la comunidad, todo comenzó con una agresión verbal: se intentó calmar al hombre, la situación se agravó y luego sacó un cuchillo. La superiora habla de una hoja de ochenta centímetros. La abadía alberga un centro de cultura y de formación cristiana, así como un lugar de acogida de refugiados, sobre todo ucranianos; los investigadores tratan de establecer si el agresor residía allí. El metropolita de Przemyśl llamó a rezar por el sacerdote difunto, por los heridos, por la comunidad y las familias, y también por la conversión del autor.
Lo que la tradición enseña
El quinto mandamiento es terminante: «No matarás.» El Catecismo del Concilio de Trento enseña que el homicidio voluntario es uno de los pecados que claman venganza ante Dios, y que la vida del hombre, hecha a imagen de su Creador, no pertenece sino a su Autor. La falta se agrava cuando la sangre derramada es la de ministros consagrados, y cuando lo es en un lugar dedicado a Dios, a la hora en que se disponían a ofrecer el santo Sacrificio: al homicidio se añade entonces el sacrilegio.
Pero la misma ley que condena el homicidio manda rezar por los enemigos. «Amad á vuestros enemigos: haced bien á los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen», enseña Nuestro Señor. Y por los difuntos, la Iglesia ha sostenido siempre, con la Escritura, que «es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, á fin de que sean libres de las penas de sus pecados».
La medida
El acto es lo que la tradición nombra sin rodeos: un homicidio, y, al herir a sacerdotes dentro del recinto de una abadía en el umbral de la misa, un sacrilegio. Ninguna circunstancia invocada —trastorno, embriaguez u otra, que por lo demás nadie ha establecido— cambia la naturaleza de lo que se hizo ni borra el deber de justicia hacia las víctimas. El móvil, que la investigación no ha determinado, no es objeto de nuestras conjeturas; corresponde a los jueces y, en última instancia, a Dios.
El llamamiento a rezar por la conversión del culpable no es, pues, una debilidad, sino la obediencia misma al Evangelio: la tradición aborrece el pecado y quiere la salvación del pecador. Por los sacerdotes caídos, la caridad del fiel es rezar por el descanso de su alma; por los heridos, su curación; por la comunidad golpeada, el consuelo. En esto está toda la medida: condenar el acto con la firmeza del quinto mandamiento, y rezar por los vivos como por los muertos con la misericordia que Cristo mandó.
Fuentes. Catecismo del Concilio de Trento (1566), del quinto mandamiento «No matarás»; Éxodo, XX, 13; Evangelio según san Mateo, V, 44; segundo libro de los Macabeos, XII, 46, según la Vulgata.