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León XIV y Gaudium et Spes: ¿está la Iglesia hecha para servir al mundo?
En la audiencia del 2 de septiembre de 2026, León XIV abrió una catequesis sobre Gaudium et Spes llamando a la Iglesia a «servir al mundo»: la tradición recuerda que su fin primero sigue siendo la salvación de las almas.

El 2 de septiembre de 2026, en la audiencia general, en la plaza de San Pedro, el papa León XIV inauguró una nueva serie de catequesis dedicada a la constitución pastoral del concilio Vaticano II Gaudium et Spes (1965). Presentó el «carácter pastoral» de esta constitución como «constitutivo», viendo en él «no una cuestión de optimismo ingenuo, sino una fidelidad renovada al Misterio de Cristo que, al encarnarse, elige compartir nuestra vida». La Iglesia, dijo, está llamada a «escuchar y servir al mundo» y a «desenmascarar las contradicciones» del tiempo presente.
Retomando la apertura del texto conciliar, hizo suyos «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren». Entre esas contradicciones, nombró un progreso técnico que solo aprovecha «a unos pocos», la abundancia de riquezas «mientras una enorme proporción de los habitantes del mundo sigue atormentada por el hambre y la miseria», y «la ilusión de que la guerra es un medio eficaz para construir la paz». Añadió que la atención a los pobres no es «solo un imperativo moral», sino «una categoría teológica».
El fin de la Iglesia: la salvación de las almas
La Iglesia no fue fundada primeramente para servir al mundo, sino para salvarlo devolviéndolo a Dios. El Catecismo del Concilio de Trento enseña que el Hijo de Dios se hizo hombre propter nostram salutem, para nuestra salvación: no para compartir simplemente nuestra condición, sino para rescatarnos de la servidumbre del pecado y reabrirnos el cielo. La Encarnación no es una solidaridad; es una redención.
De ahí se sigue el orden que la tradición nunca ha invertido: no es la Iglesia la que se ajusta al mundo, es el mundo el que debe someterse a Cristo. Pío IX condenó como un error la proposición según la cual «el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna» (Syllabus, 1864, prop. 80). León XIII recordó que la misión de la Iglesia es sobrenatural y que mira ante todo a la salvación eterna de las almas (Immortale Dei, 1885). Y Pío XI enseñó que no hay paz verdadera fuera del reinado social de Cristo Rey: pax Christi in regno Christi (Quas Primas, 1925).
La medida
Hay, en estas palabras, lo que la tradición reconoce como suyo. Denunciar «la ilusión de que la guerra es un medio eficaz para construir la paz» es justo: la paz no es el equilibrio de las armas, sino la tranquilidad del orden (san Agustín, La Ciudad de Dios, XIX), y ese orden es el de Cristo Rey. Inclinarse sobre los pobres es un deber de caridad tan antiguo como el Evangelio: es a Cristo a quien se sirve en ellos (Mt 25, 40).
Pero el orden de las palabras importa. «Escuchar y servir al mundo», erigido en carácter «constitutivo», corre el riesgo de invertir el fin: la Iglesia sirve al mundo convirtiéndolo, no conformándose a él. El primer servicio que le debe no es abrazar sus preguntas, sino predicarle a Cristo crucificado y salvar las almas para la eternidad. Los dos mismos textos que el Papa invocó lo dicen: san Pablo abaja a Cristo «hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2, 8), y declara que «los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con la gloria venidera» (Rom 8, 18). La kénosis no se detiene en el compartir nuestra vida: llega al Calvario, y mira al Cielo.
En cuanto a hacer de la opción por los pobres una «categoría teológica», la tradición la funda con mayor firmeza aún: no sobre una preferencia de la época, sino sobre la caridad sobrenatural, que ama al prójimo en Dios y por Dios, y cuyos frutos son las obras de misericordia.
Para los fieles
Que el fiel retenga el orden que nada invierte: la Iglesia está en el mundo para arrancarlo de él, no para disolverse en él. El cuidado de los cuerpos es bueno cuando sirve a la salvación de las almas; la paz es verdadera cuando es la de Cristo. Escuchar al mundo, sí; pero para darle lo que solo él no puede darse: el Redentor. Lo demás, si se pierde eso, no es más que filantropía.
Fuentes. Catecismo del Concilio de Trento (1566), sobre la Encarnación y el fin de la Redención. Pío IX, Syllabus (1864), prop. 80. León XIII, Immortale Dei (1885). Pío XI, Quas Primas (1925). San Agustín, La Ciudad de Dios, libro XIX. Epístola a los Filipenses 2, 6-8; Epístola a los Romanos 8, 18; Evangelio según san Mateo 25, 40 (Vulgata).