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Gaudium et spes en el programa de León XIV: el mundo a convertir, no a cortejar
León XIV inaugura un ciclo de catequesis sobre Gaudium et spes; confrontamos este regreso al Vaticano II con la enseñanza constante de la Iglesia sobre el mundo.
León XIV abrió, en la audiencia general del 2 de septiembre de 2026, en la plaza de San Pedro y ante unos veinte mil fieles, un nuevo ciclo de catequesis dedicado a Gaudium et spes, la constitución pastoral promulgada el 7 de diciembre de 1965 por el concilio Vaticano II sobre la relación de la Iglesia con el mundo de este tiempo. Desde enero, el papa recorre así los textos del Concilio: el documento sobre la Escritura, luego el de la liturgia, y ahora este. Pidió a los fieles «redescubrir la belleza y la importancia» del Vaticano II, no «de oídas» sino releyendo sus documentos; retomando el discurso inaugural de Juan XXIII del 11 de octubre de 1962, apartó a los «profetas de desventura».
Situó, entre las «contradicciones» de nuestro tiempo, «la ilusión de que la guerra sea una vía eficaz para construir la paz», y repitió, de un texto de 2013, que «la opción por los pobres es ante todo una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica». En vísperas de la memoria de san Gregorio Magno, cuyo cuerpo reposa en San Pedro, saludó a los peregrinos del nuevo curso.
La Iglesia no esperó a 1965 para saber lo que debe al mundo. Lo enseñó sin variar: el mundo que nombra el Evangelio no es un socio con quien entenderse, sino un dominio que convertir. El beato Pío IX condenó con estas mismas palabras la idea de «que el Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna» (Syllabus, 1864). Pío XI recordó que la paz de las naciones no nace del acuerdo con el siglo, sino del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo (Quas primas, 1925). Y san Pío X ya había nombrado de antemano el procedimiento que presenta la novedad como un retorno a las fuentes: el modernismo, al que llamaba la «síntesis de todas las herejías» (Pascendi, 1907).
Redescubrir la «belleza» de un concilio releyendo sus textos supone que esos textos dicen lo que la Iglesia siempre ha dicho; y eso es, precisamente, lo que sigue en litigio. Apartar a los «profetas de desventura» es apartar a quienes, en 1962, temían la apertura al siglo; ahora bien, el oficio del pastor no es esperar el mundo, sino condenar el error y guardar el depósito (Iª a Timoteo, VI, 20).
Erigir la «opción por los pobres» en «categoría teológica» desplaza la caridad, que es un precepto, hacia una doctrina, que no lo es: el Evangelio manda amar al pobre, no canoniza la pobreza como sistema. En cuanto a la guerra, la tradición nunca hizo de ella una constructora de paz; pero distinguió la guerra injusta, que es un crimen, de la guerra justa, ordenada al restablecimiento de un orden ofendido y a esa paz que es la tranquilidad del orden. Confundir ambas en una misma «ilusión» borra una distinción que el catecismo tenía por necesaria.
Fuentes. Beato Pío IX, Syllabus (1864), proposición 80, y Quanta cura; Pío XI, Quas primas (1925), sobre el reinado social de Cristo Rey; san Pío X, Pascendi Dominici gregis (1907); Catecismo del Concilio de Trento (1566), del quinto mandamiento; san Pablo, Iª epístola a Timoteo VI, 20, según la Vulgata.