Actualidad
León XIV en la plaza de la Concordia: la sed de sentido y el agua viva
En la plaza de la Concordia, León XIV predicó sobre la sed de sentido y el agua viva del bautismo; medimos esta homilía con la doctrina perenne.
León XIV celebró una misa al aire libre en la plaza de la Concordia, en París, en la tarde del 26 de septiembre de 2026, en el segundo día de su viaje a Francia, antes de partir hacia Lourdes. El papa levantó su predicación sobre la palabra del Evangelio de san Juan, «Si alguno tiene sed, venga a mí» (Jn 7, 37), y sobre lo que llamó la sed «de sentido, de verdad y de plenitud».
Las estimaciones de la multitud varían según las crónicas: se habló de más de 600 000 personas esperadas en la plaza, en otras de 700 000, en otras aún de casi un millón.
En su homilía, el papa recordó a los primeros mártires de la Galia, Blandina, Potino e Ireneo, y luego a san Martín, san Francisco de Sales, san Vicente de Paúl, Federico Ozanam y Juana Jugan. Se dirigió a las familias y a los jóvenes, a quienes dijo: «Pienso en vosotros, queridos jóvenes, vosotros sois la Iglesia de hoy». Llamó «testigos vivientes» a los catecúmenos y a los neófitos, y saludó a quienes se comprometen «en favor de la vida».
A los bautizados les planteó esta pregunta: «Bautizados, hemos recibido el agua viva de la que habla el Evangelio, pero ¿hemos encontrado verdaderamente a Cristo de manera personal?». Retomando a Orígenes, describió al creyente llamado a hacerse «pozo, fuente y río» para los demás, y recordó que, para Dios, «ninguno de nosotros es un número en un carnet de identidad, ni una matrícula, sino una persona, una persona única e irremplazable».
La sed de la que habla la Escritura
Esta sed la Iglesia la conoce desde siempre, y la nombra sin rodeos. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», escribía san Agustín en el umbral de sus Confesiones. El agua viva prometida en san Juan no es una imagen entre otras: es la gracia recibida en el bautismo, por la cual el hombre muerto al pecado renace hijo de Dios. El Catecismo del Concilio de Trento enseña que este sacramento es la puerta de la vida espiritual y que derrama en el alma la gracia santificante, pero que esa gracia, una vez recibida, debe guardarse y llevarse a su fruto.
La medida
Medida con esta regla, la predicación de la Concordia acierta justo allí donde remite la sed del hombre a Cristo solo y recuerda que el agua viva se recibe en el bautismo. La pregunta dirigida a los bautizados, si de veras han encontrado a Cristo, repite a su manera la doctrina constante: la gracia bautismal no es un título adquirido de una vez para siempre, sino una vida que hay que sostener, so pena de quedar estéril. Nombrar a los mártires y a los santos de la tierra de Francia es también confesar que la fe no se transmite en abstracto, sino por hombres que la vivieron hasta el fin. En estos puntos, la llamada coincide con lo que la Iglesia siempre ha sostenido, y hay que decirlo con la misma sencillez con que señalamos una ruptura.
Fuentes. Evangelio según san Juan 7, 37 (Vulgata). San Agustín, Confesiones, libro I, capítulo 1. Catecismo del Concilio de Trento (1566), del sacramento del Bautismo.