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Nepal: se desploma un glaciar, al menos 165 muertos y un millar de desaparecidos
El colapso de un glaciar en la frontera de Nepal y el Tíbet desató una crecida mortal: al menos 165 muertos y cerca de un millar de desaparecidos, en su mayoría peregrinos y turistas.

El miércoles 26 de agosto de 2026, el desplome de un glaciar —hielo y roca mezclados— sobre la frontera que separa Nepal del Tíbet precipitó una crecida de escombros en el río Lhende, a una veintena de kilómetros al noreste del paso fronterizo de Rasuwagadhi. La corriente arrasó los distritos de Rasuwa y Nuwakot: al menos 165 cuerpos fueron recuperados al caer la jornada. Aldeas enteras fueron arrastradas, camiones volcados, casas, carreteras e instalaciones hidroeléctricas destruidas.
El balance de desaparecidos sigue siendo incierto y podría solaparse de una vertiente a otra. Del lado nepalí se cuentan entre 800 y 826 personas desaparecidas, de ellas cerca de 600 extranjeros; del lado tibetano, las autoridades chinas hablan de al menos 558 desaparecidos y tres muertos confirmados. Según los recuentos, el total oscila entre «un millar» y cerca de 1.500. Muchos eran peregrinos camino del Kailash-Mánsarovar, alto lugar himalayo venerado por hindúes y budistas; entre los turistas buscados figuran ciudadanos indios, estadounidenses, británicos, australianos y canadienses.
Lo que primero se anunció como un seísmo de magnitud 4,4 era en realidad la sacudida producida por el propio desplome: los servicios geológicos estadounidenses establecieron que «no se había producido ningún terremoto».
La medida de la tradición
Nada anunciaba la hora. Una vertiente de hielo sostenida durante siglos cede en un instante, y centenares de vidas son arrebatadas antes de que se alce un grito. La Escritura no conoce otra ley para el hombre: «No te jactes de cosa que has de hacer el día de mañana; pues no sabes lo que dará de sí el día siguiente» (Proverbios, XXVII). Y el Salvador, sin rodeos: «Así que, velad vosotros, ya que no sabeis ni el día, ni la hora» (san Mateo, XXV).
La muerte es cierta, su hora está oculta. La Iglesia lo enseña no para atemorizar, sino para tener el alma preparada: «En todas tus acciones acuérdate de tus postrimerías, y nunca jamás pecarás» (Eclesiástico, VII). El Catecismo del Concilio de Trento recuerda que la muerte es la pena del pecado, y que ninguna montaña, ningún refugio, ningún viaje pone al hombre a cubierto del juicio que la sigue.
La lección del duelo
No pesamos la suerte de esas almas: eso pertenece solo a Dios. Pero decimos lo que la catástrofe deja al descubierto. Aquellas multitudes subían hacia una cumbre tenida por sagrada por cultos que no son la fe; ahora bien, la seguridad del hombre no está nunca en el lugar por donde camina, sino en el estado en que la muerte lo encuentra. Una peregrinación solo salva si conduce al Dios verdadero, y el único refugio contra la hora imprevista sigue siendo la gracia, recibida y guardada antes de que llegue.
Que el fiel, ante tantos muertos, saque la única lección útil: rezar por los difuntos, mantener su propia lámpara encendida, no aplazar a ningún mañana la reconciliación con Dios. Porque nadie sabe el día ni la hora.
Fuentes. Proverbios, XXVII, 1; san Mateo, XXV, 13; Eclesiástico, VII, 40 (Vulgata). Catecismo del Concilio de Trento (1566), sobre el quinto mandamiento y sobre la muerte, pena del pecado.