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Nepal: una riada glaciar deja más de 600 muertos; León XIV encomienda a los difuntos a la misericordia de Dios
Una riada glaciar devastó el norte de Nepal el 26 de agosto de 2026, con más de 600 muertos y miles de desaparecidos; León XIV encomienda a los difuntos a la misericordia de Dios y Cáritas interviene.
Poco después de las ocho y media, el 26 de agosto de 2026, el desprendimiento de un glaciar en el parque nacional de Langtang, al norte de Nepal, provocó una riada de lodo y escombros que descendió por los ríos Trishuli y Bhote Koshi a lo largo de casi cien kilómetros. Tres días después, el balance supera los seiscientos veinte muertos y se cuentan más de dos mil cuatrocientos desaparecidos; sigue aumentando hora tras hora. El colapso de las morgues ha obligado a las autoridades a enterrar de inmediato los cuerpos. Entre los desaparecidos hay peregrinos y viajeros de treinta y dos naciones, muchos de camino al monte Kailash y al lago Manasarovar.
Las autoridades han movilizado al ejército, a la policía, helicópteros y equipos especializados; advierten que amenaza una nueva riada, pues se ha formado un lago aguas arriba, detrás del amasijo de escombros. León XIV ha hecho llegar un telegrama, firmado por el cardenal Pietro Parolin, en el que expresa su dolor, encomienda a los difuntos a la misericordia de Dios, presenta sus condolencias a las familias y asegura su cercanía espiritual y sus oraciones por los socorristas. El administrador apostólico del vicariato de Nepal, el padre Silas Bogati, ha referido que ninguna iglesia católica ha resultado dañada, pero que teme que algunos fieles hayan sido arrastrados, y que Cáritas Nepal ya está actuando. «Aunque la Iglesia en Nepal es pequeña, con unos diez mil católicos, la solicitud del Santo Padre por este pueblo nos ha conmovido y emocionado profundamente», declaró.
Lo que la Iglesia siempre ha enseñado
Ante la muerte en masa, la tradición no conoce ni sentimentalismo ni desesperación, sino dos deberes precisos. El primero es la caridad para con los vivos y los muertos, que el Catecismo del Concilio de Trento cuenta entre las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, acoger al forastero, enterrar a los difuntos. Enterrar a los muertos no es una mera medida de salubridad: es un acto de religión. El libro de Tobías alaba al justo que, con riesgo de su vida, recogía los cuerpos abandonados para darles sepultura.
El segundo deber es la oración por los difuntos. «Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de las penas de sus pecados», dice la Escritura. La Iglesia, enseña el mismo Catecismo, ofrece por ellos el santo Sacrificio e intercede por las almas del purgatorio: tal es la comunión de los santos, que ni la distancia ni la muerte rompen.
La medida
El gesto del Santo Padre y la acción de Cáritas se sitúan exactamente en esta línea. Encomendar los muertos a la misericordia de Dios, orar por ellos y por quienes los buscan bajo los escombros, socorrer a las familias: es la doble obra que la Iglesia siempre ha mandado, y hay que reconocerla como tal. Un obispo ha exhortado a la comunidad internacional a movilizar una ayuda mayor para las familias vulnerables; un coordinador del socorro católico dijo que «la magnitud de la destrucción casi supera el entendimiento». Estas palabras no son emoción: nombran un deber.
No conocemos la suerte eterna de ninguno de estos muertos, y no nos corresponde fijarla. Muchos no eran cristianos. Pero la Iglesia nunca ha ceñido la caridad solo a sus hijos: el buen samaritano socorre al hombre que no conoce, y el justo de Tobías sepultaba a cualquiera que yaciese sin sepultura. Orar por los difuntos y aliviar a los vivos no exige primero saber quiénes eran.
Para los fieles
El deber del católico ante esta noticia es sencillo y antiguo. Orar por los muertos, sin presumir de su salvación ni desesperar de la misericordia de Dios. Sostener, según sus medios, la limosna que llega a los supervivientes. Y recordar que la tierra misma —un glaciar que cede y un río que se levanta— recuerda al hombre su fragilidad y la hora incierta de su propia muerte, para la cual debe estar preparado.
Fuentes. Catecismo del Concilio de Trento (1566), sobre las obras de misericordia corporales y la oración por los difuntos; libro de Tobías, capítulos I y II (Vulgata); II Macabeos XII, 46 (Vulgata); parábola del buen samaritano, san Lucas X, 30-37.