Oraciones
Oración a la Virgen de Guadalupe
La oración a la Virgen de Guadalupe de la Raccolta, indulgenciada por san Pío X en 1908. Cómo acudir a Ella para pedir un milagro, con el favor de la Madre que apareció en el Tepeyac a san Juan Diego.

La oración a la Virgen de Guadalupe es la súplica con que el pueblo cristiano de estas tierras acude a la Madre que quiso quedarse entre nosotros. En diciembre de 1531, sobre el cerro del Tepeyac, la Santísima Virgen se mostró a un pobre indio recién bautizado, Juan Diego, y dejó su imagen impresa de modo milagroso en la tilma. Desde aquel día Ella es la Madre de las Américas, y a Ella levantamos los ojos cuando el corazón pide consuelo, salud o un milagro. Aquí les damos la oración guadalupana que recoge la Raccolta, la colección oficial de oraciones indulgenciadas, junto con el modo de rezarla con confianza filial. Si desean conocer la historia entera de la aparición, la hemos contado aparte en La Virgen de Guadalupe.
La oración a Nuestra Señora de Guadalupe de la Raccolta
He aquí la oración a Nuestra Señora de Guadalupe que san Pío X enriqueció con indulgencias, con la que nos ponemos bajo el amparo de nuestra Madre.
Nuestra Señora de Guadalupe, Rosa mística, intercede por la santa Iglesia, protege al Sumo Pontífice, ayuda a todos los que te invocan en sus necesidades; y pues eres la siempre Virgen María y Madre del Dios verdadero, alcánzanos de tu santísimo Hijo la gracia de conservar la fe, una dulce esperanza en medio de las amarguras de la vida, una caridad ardiente y el precioso don de la perseverancia final. Amén.
(Raccolta, edición oficial de 1943, n. 389; indulgenciada por san Pío X el 18 de agosto de 1908. Traducción española fiel del texto de la Raccolta.)
Las palabras "¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?" son las que la Virgen dirigió a Juan Diego cuando él temía por su tío enfermo. Son el alma de toda devoción guadalupana: la certeza de que la Madre está presente y vela por los suyos.
Cómo rezarle para pedir un milagro
Muchos buscan una oración a la Virgen de Guadalupe para pedir un milagro, y hacen bien: la Madre del Tepeyac es poderosa ante su Hijo. Conviene, sin embargo, recordar lo que la Iglesia siempre nos enseñó. María no obra por sí sola; intercede. Ella no fuerza la voluntad de Dios, sino que la mueve con el amor de Madre, como movió a su Hijo en las bodas de Caná, cuando aún no había llegado su hora. Por eso, al pedir un milagro, lo pedimos por sus manos, fiándonos de que Ella sabe mejor que nosotros lo que nos conviene.
Roguemos, pues, con tres disposiciones. Primero, con fe viva, creyendo que Dios puede todo y que la intercesión de su Madre es escuchada. Segundo, con humildad y conformidad, diciendo en el fondo del alma "hágase tu voluntad", porque a veces el verdadero milagro es la paz que recibimos en medio de la prueba. Tercero, con perseverancia, volviendo cada día a la oración, como Juan Diego volvió cada vez al cerro. La novena guadalupana —nueve días de oración seguidos— es el modo tradicional de pedir una gracia particular.
La Escritura nos enseña esta confianza. El salmista canta que en Dios hallamos auxilio cierto en la angustia:
Dios es nuestro refugio y fortaleza: nuestro defensor en las tribulaciones que tanto nos han acosado. (Salmo 45, 2, según Torres-Amat)
Recordemos el desfase de la numeración: este salmo, que en la Vulgata y en Torres-Amat es el 45, corresponde al 46 de las biblias que siguen el hebreo. Y la propia Madre, en su cántico, nos asegura que el Señor mira la pequeñez de quien a Él se humilla:
Porque ha puesto los ojos en la bajeza de su esclava: por tanto ya desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. (San Lucas 1, 48, según Torres-Amat)
Por qué acudimos a la Madre de las Américas
La devoción a la Virgen de Guadalupe no es un sentimiento pasajero, sino una de las grandes mercedes que el cielo concedió al Nuevo Mundo. En los años que siguieron a la aparición, los pueblos de estas tierras vinieron al bautismo en número inmenso, atraídos por la Madre que se mostró no como extranjera, sino como una de los suyos, hablando su lengua y llevando en su imagen los rasgos que podían reconocer. Lo que años de predicación habían comenzado, la Virgen lo llevó a cosecha. Los Papas de la tradición honraron este santuario, le concedieron fiesta propia y privilegios, y declararon a la Virgen de Guadalupe patrona de la nación mexicana y de todas las Américas.
Cuando Santa Isabel recibió a María, el Evangelio guardó la alabanza que se cumple en cada generación que acude a Ella:
¡Oh bienaventurada tú que has creído! porque se cumplirán sin falta las cosas que se te han dicho de parte del Señor. (San Lucas 1, 45, según Torres-Amat)
Esa fe es la nuestra cuando nos arrodillamos ante la imagen del Tepeyac. No adoramos a la imagen ni a la Virgen —la adoración se debe a Dios solo—, sino que la veneramos como a Madre y le pedimos que ruegue por nosotros, como rogó en Caná. A esta misma Madre la saludamos también con el Ave María y con La Salve, y a su Hijo nos dirigimos con el Padre Nuestro. Cuando el caso parece imposible, la tradición une a la Virgen la intercesión de San Judas Tadeo, patrono de las causas difíciles.
La misma Madre de Guadalupe es venerada en otros santuarios queridos del pueblo mexicano, como Nuestra Señora de San Juan de los Lagos y Nuestra Señora de Juquila, y bajo títulos que la Iglesia universal invoca, como Nuestra Señora del Rosario y María Auxiliadora.
El rosario a la Virgen de Guadalupe
El rosario a la Virgen de Guadalupe no es un rosario distinto del de siempre: es el santo rosario de la Iglesia, los misterios del día con sus Padrenuestros y Avemarías, rezado bajo la advocación del Tepeyac. Quien quiera aprender el orden completo lo tiene en Cómo rezar el rosario y en El santo rosario completo, con los misterios del rosario repartidos por días. Para hacerlo guadalupano basta ofrecerlo a Ella al comenzar y cerrar cada decena, o el rosario entero.
Algunos fieles, sobre todo al preparar la fiesta del 12 de diciembre o en acción de gracias por una gracia recibida, rezan un rosario de la Virgen de Guadalupe de carácter votivo, en que cada decena se ofrece por una intención —la familia, los enfermos, los difuntos, la patria, la perseverancia en la fe. No cambia la estructura; cambia la entrega con que se pone en sus manos.
Los 46 rosarios a la Virgen de Guadalupe
Existe una costumbre de devoción popular conocida como los 46 rosarios a la Virgen de Guadalupe: rezar cuarenta y seis rosarios, uno por cada estrella que la tradición cuenta en el manto de la imagen de la tilma, a lo largo de un período fijado (con frecuencia los días que median entre el inicio del novenario y la fiesta, o como promesa por una intención grave).
Es práctica piadosa, no precepto de la Iglesia: vale por la fe y la perseverancia con que se hace, no por el número en sí. La Iglesia en su tradición alentó siempre el rezo del rosario, pero nos guardó de toda cuenta supersticiosa, como si una cantidad exacta arrancara por sí misma el favor del cielo. Rézense los rosarios que la devoción mueva, con corazón humilde, y déjese el resto a la voluntad de Dios.
Las mañanitas a la Virgen de Guadalupe
En la madrugada del 12 de diciembre, el pueblo se reúne ante la imagen para cantarle las mañanitas a la Virgen de Guadalupe, como se cantan a una madre el día de su santo. Es una de las expresiones más entrañables de la devoción guadalupana: velar la noche y saludar a la Madre al despuntar el alba. La copla más conocida empalma las mañanitas comunes con el saludo a la Señora —"Buenos días, Paloma Blanca"—, llamándola con el nombre con que la piedad reconoce su pureza y su ternura:
Buenos días, Paloma Blanca, hoy te vengo a saludar, / saludando tu belleza en tu reino celestial. / Eres Madre del Creador y a mi corazón encantas; / gracias te doy con amor: Buenos días, Paloma Blanca.
Cantar las mañanitas es bueno y santo cuando es lo que debe ser: un acto de amor filial que dispone el alma. No sustituye, sin embargo, al centro del día, que es la Santa Misa en honor de la Virgen. Quien le canta de madrugada hace bien en acudir luego al altar, donde se renueva el sacrificio de su Hijo, que es el culto más alto que podemos ofrecer.
Cantos y frases de la Virgen de Guadalupe
Junto a las mañanitas, la devoción ha florecido en cantos a la Virgen de Guadalupe que el pueblo entona en su fiesta y en las peregrinaciones: himnos de alabanza a la Reina del Tepeyac, antífonas marianas de siempre y coplas tradicionales. Cantar a la Madre es orar dos veces, decía la tradición de san Agustín; con tal de que el canto eleve el alma a Dios y no se quede en mero folklore.
Quien busca frases de la Virgen de Guadalupe para meditar o llevar consigo halla las más hondas en la propia relación de la aparición, donde la Señora habla a Juan Diego:
¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y amparo? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?
Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive.
Estas palabras, guardadas por la tradición del Tepeyac, son el mejor lema para la vida del cristiano: la certeza de que la Madre nos tiene en su regazo. Conviene preferir siempre estas frases nacidas de la fe a las sentencias sentimentales sin raíz, que circulan despegadas de la doctrina.
La historia de la Virgen de Guadalupe
La historia de la Virgen de Guadalupe comienza un sábado de diciembre de 1531, cuando Juan Diego Cuauhtlatoatzin, indio recién bautizado, cruzaba el cerro del Tepeyac camino de la doctrina. La Señora se le apareció y le pidió que se levantara un templo en aquel lugar. El obispo fray Juan de Zumárraga pidió una señal; y la señal vino cuando, al desplegar Juan Diego su tilma cargada de rosas de Castilla florecidas fuera de tiempo, apareció estampada en la tela la imagen de la Virgen. De esa imagen, conservada hasta hoy, nació la mayor evangelización del Nuevo Mundo. La hemos contado entera, con sus fuentes y su sentido, en La Virgen de Guadalupe. Los Papas de la tradición honraron este suceso con fiesta propia, oficio litúrgico y la declaración de la Virgen de Guadalupe como patrona.
El santuario, la basílica y las capillas guadalupanas
El santuario de la Virgen de Guadalupe, al pie del Tepeyac, es desde el siglo XVI el corazón de la devoción. Allí se levantó primero una ermita, luego templos sucesivos, y la basílica donde se venera la tilma, meta de innumerables peregrinaciones. Pero la devoción no se encierra en un solo lugar: por todas las Américas y aun en España hay capillas de la Virgen de Guadalupe, altares y ermitas donde el pueblo le reza. Venerar la imagen en el santuario o en la capilla del barrio es una misma fe: no adoramos la pintura ni el lugar, sino que honramos a la Madre y, por Ella, a Dios que la hizo grande.
La Guadalupe de España, en Extremadura
Conviene aclarar lo que muchos preguntan sobre la Virgen de Guadalupe de España. Antes que el Tepeyac existió en Extremadura el venerado santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, una talla mariana de hondísima raíz en la fe hispana, ante la cual oraron reyes y navegantes. De aquel título tomó nombre la advocación mexicana. Son dos santuarios y dos imágenes, una misma Madre: la Virgen María, honrada bajo el mismo dulce nombre a un lado y al otro del mar. Saber esto ayuda a entender por qué el nombre de Guadalupe une de modo tan entrañable a España y a las Américas.
Imágenes, medallas y estandartes de la devoción
La piedad cristiana se sirve de objetos sagrados para sostener la fe, y la devoción guadalupana los tiene muy queridos. Las medallas de la Virgen de Guadalupe se bendicen y se llevan al cuello como recuerdo de la protección de la Madre —no como amuletos que obren por sí solos, sino como signo de que nos ponemos bajo su amparo.
El estandarte de la Virgen de Guadalupe tiene historia gloriosa: con su imagen por bandera caminaron peregrinaciones y se levantaron pueblos enteros en horas decisivas de la nación. Y la imagen original, la de la tilma, sigue siendo el modelo de cuantas reproducciones llevamos al hogar. La Iglesia bendice estos objetos; pero nos enseña que su valor está en la fe con que se usan, no en sí mismos: toda virtud viene de Dios y de la intercesión de su Madre, no de la materia.
El altar y los adornos para la Virgen de Guadalupe en casa
Es antigua y santa la costumbre de levantar en casa un altar a la Virgen de Guadalupe, sobre todo al acercarse su fiesta. Para preparar adornos y decoración para la Virgen de Guadalupe basta lo sencillo y digno: la imagen en lugar de honor, un mantel limpio, flores —las rosas recuerdan las de Castilla del milagro—, velas o veladoras y, si se quiere, el rosario a la vista. Lo importante no es el lujo de los adornos, sino que el altar sirva para lo que es: un rincón de oración donde la familia se reúna a rezar el rosario, la novena o la oración guadalupana. Un altar bien puesto y sin oración es adorno vano; un altar pobre donde se reza de veras es agradable a Dios. Cuídese, pues, que la decoración nunca desplace a la plegaria.
Preguntas Frecuentes
¿Qué le dijo la Virgen de Guadalupe a Juan Diego?
Entre otras cosas, las palabras que la tradición ha guardado como el corazón de la devoción guadalupana: "¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y amparo?". Las dijo cuando Juan Diego, angustiado por la enfermedad de su tío, quería evadir el encargo de la Señora. Con ellas le aseguró que su tío ya estaba sano y que Ella velaba por él.
¿Qué significa la Virgen de Guadalupe?
Significa la maternidad espiritual de la Santísima Virgen sobre estas tierras. Bajo este título, la Madre de Dios se dio como Madre a los pueblos del Nuevo Mundo en la hora misma de su evangelización. Su imagen en la tilma la muestra como la mujer vestida de sol que canta el Apocalipsis, con las manos juntas en oración: una Madre que intercede, no una diosa que se adora.
¿Cuándo es el día de la Virgen de Guadalupe?
Su fiesta se celebra el 12 de diciembre, día en que en 1531 la imagen quedó impresa en la tilma de Juan Diego ante el obispo Zumárraga. Es jornada de gran solemnidad: misa, las tradicionales mañanitas y la veneración de la imagen en su santuario.
¿Cuándo empieza el novenario de la Virgen de Guadalupe?
El novenario son nueve días seguidos de oración que preparan su fiesta. Suele comenzarse el 3 de diciembre, de modo que el noveno día caiga la víspera, el 11, y culmine en la fiesta del 12. También puede rezarse una novena en cualquier época del año para pedir una gracia particular, conservando los nueve días seguidos. Tienes los textos de cada día en la novena a la Virgen de Guadalupe.
¿Cómo rezar el rosario a la Virgen de Guadalupe?
Se reza el santo rosario de siempre —los misterios del día, con sus Padrenuestros y Avemarías—, ofreciéndolo a la Virgen bajo su advocación de Guadalupe. Muchos añaden al final la oración guadalupana de la Raccolta que dimos arriba. No cambia la estructura del rosario; cambia la intención con que se lo entregamos a la Madre.
¿Cuándo se cantan las mañanitas a la Virgen de Guadalupe?
Se cantan en la madrugada del 12 de diciembre, al despuntar el alba del día de su fiesta, como se cantan a una madre el día de su santo. Muchos velan la noche anterior y le saludan al amanecer con "Buenos días, Paloma Blanca". Es una bella muestra de amor filial que dispone el alma para lo principal del día, que es la Santa Misa en honor de la Virgen.
¿Cuántas estrellas tiene el manto de la Virgen de Guadalupe?
La tradición cuenta cuarenta y seis estrellas en el manto de la imagen de la tilma, y de ahí nació la costumbre piadosa de los 46 rosarios. Es devoción popular, no precepto de la Iglesia: vale por la fe y la perseverancia con que se reza, no por el número en sí.
¿Es lo mismo la Virgen de Guadalupe de México y la de España?
Es la misma Madre, la Virgen María, honrada bajo el mismo nombre en dos santuarios distintos. El de Extremadura, en España, es muy anterior, y de él tomó nombre la advocación mexicana del Tepeyac. Dos imágenes, dos santuarios, una sola Madre, a ambos lados del mar.
¿Cómo poner un altar a la Virgen de Guadalupe en casa?
Con sencillez y dignidad: la imagen en lugar de honor, un mantel limpio, flores (las rosas recuerdan el milagro de las de Castilla), velas y, si se quiere, el rosario a la vista. Lo esencial no son los adornos, sino que el altar sirva de rincón de oración donde la familia rece el rosario, la novena o la oración guadalupana.
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Fuentes. Sagrada Biblia, traducción de Félix Torres-Amat (Salmo 45, 2; San Lucas 1, 45 y 1, 48); relación tradicional de la aparición del Tepeyac (1531); oración guadalupana según la Raccolta (ed. oficial de 1943, n. 389).