Salmos
Salmo 27: El Señor es mi Luz y mi Salvación
El Salmo 27 completo (Salmo 26 en la Vulgata), en español según la versión de Torres-Amat y en latín. El cántico de confianza de David: 'El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?'

Hay salmos que nacen del temblor y otros que nacen de la confianza. El Salmo 27 pertenece a los segundos. David lo canta cuando los enemigos lo rodean, cuando los ejércitos se acampan contra él, cuando hasta su padre y su madre lo abandonan; y sin embargo no hay en sus labios una sola palabra de miedo. Al contrario: comienza con una pregunta que es ya una victoria —"El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?"—. Por eso la Iglesia ha puesto este salmo en boca de los mártires, de los monjes que velan en la noche y de toda alma que, cercada por la prueba, no quiere mirar sino "las delicias del Señor".
Aquí tienen el Salmo 27 completo, en español según la venerable versión de Torres-Amat y en latín, con la explicación de lo que la tradición católica ha visto siempre en él.
Salmo 27 o Salmo 26: una advertencia sobre la numeración
Antes de leerlo conviene aclarar algo que confunde a muchos. Este salmo aparece en algunas Biblias como Salmo 27 y en otras como Salmo 26. No son dos salmos distintos: es el mismo texto contado de dos maneras.
La diferencia viene de que el texto hebreo y la Vulgata latina —la Biblia oficial de la Iglesia desde San Jerónimo— numeran los salmos con un desfase. A lo largo de casi todo el salterio, el número hebreo es una unidad mayor que el de la Vulgata: lo que el hebreo (y la mayoría de las Biblias modernas) llaman Salmo 27, la Vulgata y el latín litúrgico lo llaman Salmo 26. Reconocerán el mismo cántico siempre por sus primeras palabras: Dominus illuminatio mea, "El Señor es mi luz". En este artículo lo titulamos Salmo 27 por ser la forma más buscada, pero al citar el latín y la versión de Torres-Amat verán el número 26.
Salmo 27 completo (en español, según Torres-Amat)
Así reza el salmo entero en la versión castellana de Félix Torres-Amat, hecha sobre la Vulgata:
Salmo de David antes de ser ungido. El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién he de temer yo? El Señor es el defensor de mi vida: ¿quién me hará temblar?
Mientras que están para echarse sobre mí los malhechores, a fin de devorar mis carnes; esos enemigos míos que me atribulan, esos mismos han flaqueado y han caído.
Aunque se acampen ejércitos contra mí, no temblará mi corazón. Aunque me embistan en batalla, aun entonces mantendré yo firme mi esperanza.
Una sola cosa he pedido al Señor, esta solicitaré: el que yo pueda vivir en la Casa del Señor todos los días de mi vida; para contemplar las delicias del Señor, y frecuentar su templo.
Porque Él me escondió en su tabernáculo: en el día de la aflicción me amparó en lo más secreto de su tienda.
Me levantó sobre una peña, y ahora ha ensalzado mi cabeza sobre mis enemigos. Rodeé el altar y ofrecí en su tabernáculo un sacrificio de júbilo: cantaré y entonaré salmos al Señor.
Escucha, Señor, mi voz con que a Ti clamo: ten misericordia de mí, y óyeme. A Ti habló mi corazón, mis ojos te buscaron: tu rostro, Señor, buscaré.
No apartes de mí tu rostro: no te retires con ira de tu siervo. Sé Tú mi auxiliador, no me desampares, ni me desprecies, oh Dios Salvador mío.
Porque mi padre y mi madre me abandonaron; mas el Señor me ha recogido.
Arregla, Señor, mis pasos en tu camino, y dirígeme por la recta senda, a causa de mis enemigos.
No me abandones a los deseos de mis perseguidores; porque han conspirado contra mí testigos inicuos; mas la iniquidad ha mentido contra sí misma.
Yo espero que veré algún día los bienes del Señor en la tierra de los vivientes.
Aguarda al Señor, y pórtate varonilmente; cobre aliento tu corazón, y espera con paciencia al Señor.
Salmo 27 en latín (Salmo 26 de la Vulgata)
La Iglesia ha cantado este salmo en latín durante siglos, en el Oficio Divino y en la Misa. Conviene conocer al menos sus primeras palabras, Dominus illuminatio mea, que sirvieron de divisa a más de un santo y a más de una universidad cristiana:
Psalmus David, priúsquam linirétur. Dóminus illuminátio mea et salus mea: quem timébo? Dóminus protéctor vitae meae: a quo trepidábo?
Dum apprópiant super me nocéntes ut edant carnes meas, qui tríbulant me inimíci mei, ipsi infirmáti sunt et cecidérunt.
Si consístant advérsum me castra, non timébit cor meum. Si exsúrgat advérsum me proélium, in hoc ego sperábo.
Unam pétii a Dómino, hanc requíram: ut inhábitem in domo Dómini ómnibus diébus vitae meae; ut vídeam voluptátem Dómini, et vísitem templum eius.
Quóniam abscóndit me in tabernáculo suo; in die malórum protéxit me in abscóndito tabernáculi sui.
In petra exaltávit me; et nunc exaltávit caput meum super inimícos meos. Circuívi, et immolávi in tabernáculo eius hóstiam vociferatiónis; cantábo, et psalmum dicam Dómino.
Exáudi, Dómine, vocem meam, qua clamávi ad te; miserére mei, et exáudi me. Tibi dixit cor meum, exquisívit te fácies mea; fáciem tuam, Dómine, requíram.
Ne avértas fáciem tuam a me; ne declínes in ira a servo tuo. Adiútor meus esto; ne derelínquas me, neque despícias me, Deus salutáris meus.
Quóniam pater meus et mater mea dereliquérunt me; Dóminus autem assúmpsit me.
Legem pone mihi, Dómine, in via tua, et dírige me in sémitam rectam propter inimícos meos.
Ne tradíderis me in ánimas tribulántium me, quóniam insurrexérunt in me testes iníqui, et mentíta est iníquitas sibi.
Credo vidére bona Dómini in terra vivéntium.
Exspécta Dóminum, viríliter age; et confortétur cor tuum, et sústine Dóminum.
Qué nos enseña el Salmo 27
Los Padres dividieron este salmo en dos movimientos que parecen contrarios y son uno solo.
En la primera parte (versículos 1 al 6) reina la confianza serena. David no niega el peligro —habla de malhechores que quieren "devorar sus carnes", de ejércitos acampados, de batallas—, pero los nombra precisamente para mostrar que nada de eso lo doblega. ¿Por qué? Porque el Señor es su luz (que disipa el error y el miedo) y su salvación (que lo arranca del enemigo). De ahí brota el deseo más alto del alma fiel: no la victoria militar, sino "vivir en la Casa del Señor todos los días", "contemplar las delicias del Señor". El alma que de veras confía no pide cosas; pide a Dios mismo.
En la segunda parte (versículos 7 al 14) cambia el tono: ahora es súplica. "Escucha, Señor, mi voz"; "tu rostro, Señor, buscaré"; "no apartes de mí tu rostro". San Agustín ve en este giro una gran lección: la confianza no suprime la oración, la enciende. El que más confía es el que más suplica, porque sabe a quién está pidiendo. Y en el centro de esa súplica está uno de los versículos más conmovedores del salterio: "Porque mi padre y mi madre me abandonaron; mas el Señor me ha recogido". Aunque todo afecto humano falte —incluso el más natural y entrañable—, Dios no falla. El salmo cierra con un mandato del alma a sí misma: "Aguarda al Señor, y pórtate varonilmente"; esto es, ten paciencia, no desfallezcas, y espera.
Para qué se reza el Salmo 27
La tradición ha rezado este salmo, sobre todo, en tiempo de prueba y de temor: ante la persecución, la enfermidad, la calumnia, el abandono de los seres queridos, o la simple angustia del corazón que se siente cercado. No es una fórmula mágica ni un "salmo de protección" como los venden las supersticiones; es la voz de la Iglesia que, en medio del combate, profesa que Dios es su luz.
Por su confianza luminosa, este salmo conviene de modo particular al tiempo de la mañana y a la luz pascual de Cristo resucitado, "luz del mundo". Recen sus primeras palabras al despertar —"El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?"— y pongan así el día entero bajo el amparo de Dios. Quien quiera unirse al modo en que la Iglesia entera lo canta puede buscarlo en el Oficio Divino, donde el salterio se reza día y noche desde hace siglos.
Preguntas Frecuentes
¿Qué dice el Salmo 27?
El Salmo 27 es un cántico de confianza en Dios en medio del peligro. Comienza proclamando "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?", y a lo largo de catorce versículos pasa de esa serena confianza a la súplica ferviente: David pide vivir siempre en la Casa del Señor, buscar su rostro y no ser abandonado, aun cuando "padre y madre" lo dejen. Termina con una exhortación a esperar con paciencia y valentía en el Señor.
¿Quién escribió el Salmo 27?
Lo escribió el rey David, como indica el propio encabezamiento del salmo, que en la Vulgata lleva el título "Salmo de David antes de ser ungido". La tradición católica ha tenido siempre a David por el gran salmista, inspirado por el Espíritu Santo, y la Iglesia atribuye a su mano la mayor parte del salterio.
¿Cuándo escribió David el Salmo 27?
El encabezamiento antiguo lo sitúa "antes de ser ungido", esto es, en los años en que David, ya elegido por Dios pero todavía perseguido —especialmente por el rey Saúl—, vivía cercado de enemigos. Eso explica el tono del salmo: alguien acosado por "ejércitos" y por "testigos inicuos" que, sin embargo, no pierde la confianza porque sabe que el Señor lo sostiene.
¿Para qué sirve el Salmo 27?
Sirve para alimentar la confianza en Dios cuando el alma se siente atemorizada, perseguida, calumniada o abandonada. La Iglesia lo reza en el Oficio Divino y lo recomienda en tiempo de prueba, no como un amuleto, sino como una profesión de fe: declarar que Dios es nuestra luz y nuestra salvación, y aprender de David a esperar "con paciencia al Señor".
¿Qué nos enseña el Salmo 26?
El Salmo 26 de la Vulgata —que es exactamente el mismo que el Salmo 27 hebreo— nos enseña que la verdadera valentía del cristiano no es la ausencia de peligro, sino la confianza en Dios dentro del peligro. Nos enseña a desear una sola cosa por encima de todo: morar en la casa de Dios y contemplar su rostro; y nos enseña que, cuando todo afecto humano falle, "el Señor nos recoge".
El Salmo 27 es la oración del alma que no se deja vencer por el miedo porque ha puesto su mirada en la luz. Que sus palabras nos acompañen en la hora de la prueba, y que sepamos repetir con David: Dominus illuminatio mea et salus mea. Si quieren rezar con confianza semejante, no dejen de aprender el Padre Nuestro, el Ave María, el Credo y la Salve, y de cerrar cada salmo con el Gloria al Padre, como ha hecho siempre la Iglesia.
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Fuentes. Sagrada Biblia, traducción de Félix Torres-Amat sobre la Vulgata latina (Salmo 26). Texto latino: Salterio de la Vulgata Clementina, Psalmus 26 (Dominus illuminatio mea). Comentarios según San Agustín, Enarrationes in Psalmos, y la tradición patrística sobre el salterio.