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Ébola en la RDC: más de 2.500 muertos, y se golpea a quienes curan
La epidemia de ébola en la RDC avanza de forma exponencial: más de 2.500 muertos, más de 5.000 casos, y los sanitarios son atacados.

Desde el mes de mayo, una epidemia de ébola asola el noreste de la República Democrática del Congo. El coordinador de las Naciones Unidas para la lucha contra la epidemia ha advertido que ahora avanza «de forma exponencial», más deprisa y más lejos que nunca: más de 2.500 muertos y más de 5.000 casos registrados. Es el decimoséptimo brote que sufre el país, y ya el más mortífero de su historia, causado por una cepa del virus, llamada Bundibugyo, contra la cual no existe hasta hoy ni vacuna ni tratamiento homologado.
El mal se extiende sobre un territorio más vasto que Francia. Entre el 70 y el 80 % de los nuevos casos no tienen ningún vínculo conocido con un enfermo ya registrado: el virus circula sin que se lo domine. Los fondos disponibles podrían agotarse en pocas semanas. Y a la enfermedad se añade la mano del hombre: más de 260 ataques contra el personal sanitario en seis meses, ocho muertos, más de 160 contagiados, 43 fallecidos. Algunos, en una región carcomida por tres décadas de guerra, tienen la epidemia por una mentira y se rebelan contra las medidas que les impiden enterrar a sus muertos. «Todo esto ocurre en una región que atraviesa tres décadas de conflicto y que genera inmensas necesidades humanitarias», resumió el coordinador.
La Iglesia siempre ha mirado la peste sin apartar los ojos, porque sabe dos cosas que el siglo olvida. La primera: la vida del prójimo es sagrada, y levantar la mano contra quien cura es derramar la sangre del inocente, que el quinto mandamiento prohíbe bajo pena de condenación. La segunda: cuidar a los enfermos y sepultar a los muertos no son favores, sino obras de misericordia que obligan en conciencia. «Enfermo, y me visitasteis», dirá el Juez en el último día; y el viejo Tobías recogía los cadáveres abandonados cuando todos huían.
A esta luz, los actos se juzgan por sí mismos. Golpear y matar a quienes vienen a sanar no es un motín: es un homicidio. Dejar a los moribundos sin socorro cuando se tiene con qué socorrerlos no es una fatalidad presupuestaria: es una falta contra la caridad, que liga a los fuertes para con los débiles. Y el propio azote la Iglesia nunca lo ha tenido por un simple accidente biológico: ha leído en él una llamada a la penitencia, y contra él no ha armado la cólera, sino la oración, cantando desde hace siglos: «A peste, fame et bello, libera nos, Domine». No el furor contra el que cura, sino la rodilla en tierra y la mano tendida al hermano.
Fuentes. Catecismo del Concilio de Trento (1566), sobre el quinto mandamiento y las obras de misericordia; Evangelio según san Mateo, XXV, 36; Libro de Tobías (la sepultura de los muertos); las Letanías de los Santos, «A peste, fame et bello, libera nos, Domine».