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León XIV envía votos y bendición al sínodo valdense de Torre Pellice
León XIV envió votos y bendición al sínodo de las Iglesias valdenses y metodistas de Torre Pellice; la tradición recuerda que no hay sino una Iglesia y que no se saluda al error.
El papa León XIV dirigió un mensaje de votos y «la bendición del Señor» al sínodo de las Iglesias metodistas y valdenses, inaugurado el 22 de agosto de 2026 en Torre Pellice, en el Piamonte. El mensaje, entregado al obispo católico de Pinerolo y firmado por el cardenal secretario de Estado, saluda a una asamblea reunida del 22 al 26 de agosto para debatir sobre la paz, la justicia social, el ecumenismo, los derechos humanos, la protección de las personas vulnerables y la inteligencia artificial. Desarrollando este último tema y remitiendo a su propia encíclica, el papa llama a «far crescere la tecnica senza far regredire il cuore»: hacer crecer la técnica sin hacer retroceder el corazón.
Lo que la Iglesia siempre ha enseñado
La Iglesia es una, y su unidad no es un ideal por construir, sino un hecho de la fe. «No hay sino un Señor, una Fe, un Bautismo», recuerda el Catecismo del Concilio de Trento al exponer el noveno artículo del Símbolo; la paloma del Esposo «es única, ella sola es hermosa». El mismo Catecismo es tajante sobre quién queda fuera de este cuerpo: «los herejes y los cismáticos» están excluidos de la Iglesia, «porque la abandonaron, y porque desde entonces no pueden pertenecerle más de lo que un desertor pertenece al ejército que ha dejado».
La Escritura regula hasta el gesto del saludo. San Juan escribe: «Si viene alguno a vosotros, y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le saludéis. Porque quien le saluda, comunica en cierto modo con sus acciones perversas.»
La medida
Las Iglesias valdenses son una denominación protestante, separada de la Iglesia romana y condenada como herética mucho antes de la Reforma, cuya doctrina abrazaron después. Su sínodo no delibera sobre la fe recibida, sino sobre causas del siglo, el ecumenismo y la técnica. A esta asamblea el papa no dirige un llamado al retorno: envía votos y una bendición, y se suma a su reflexión sobre la inteligencia artificial como a la de un socio.
Ahora bien, la tradición no conoce más que una vía de unidad, y no es la deferencia mutua. Pío XI la fijó sin equívoco contra el ecumenismo naciente: la unión de los cristianos no se hace sino por el retorno de los disidentes a la única Iglesia de Cristo, de la que en otro tiempo se apartaron; trabajar de otro modo, tratando a las confesiones separadas como iguales, equivale a suponer que la verdadera Iglesia todavía puede buscarse. Bendecir una asamblea que profesa otra fe, y saludarla como a una interlocutora, es precisamente el saludo que san Juan prohíbe.
Lo que el fiel debe retener
La caridad hacia las personas separadas es un deber, y orar por ellas es otro; nadie lo niega. Pero la caridad quiere su bien, y su bien es la fe entera, no la confirmación en el error. Un cristiano formado por la tradición sostendrá, pues, dos cosas a la vez: el respeto debido a todo hombre, y el rechazo a llamar «unión» a lo que deja a cada uno en su creencia. La Iglesia no tiene sino una cosa que ofrecer a quienes la han dejado, y es ella misma. No se trata ni de juzgar las almas ni de disputar sobre el sumo pontífice, sino de guardar, intacta, la fe tal como la Iglesia siempre la ha tenido.
Fuentes. Catecismo del Concilio de Trento (1566), noveno artículo del Símbolo, sobre la unidad de la Iglesia y sobre quiénes no pertenecen a la Iglesia. Segunda epístola de san Juan, versículos 10 y 11 (Vulgata, versión Torres-Amat). Pío XI, encíclica Mortalium animos (1928), sobre la falsa unión de los cristianos.