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En el Elíseo, León XIV advierte contra «la oferta de una muerte programada»
En el Elíseo, en su primer discurso en Francia, León XIV advirtió contra «la oferta de una muerte programada» y reafirmó que la protección del derecho a la vida es el fundamento de todo otro derecho.
El 25 de septiembre de 2026, en el palacio del Elíseo, en su primer discurso pronunciado en Francia ante el jefe del Estado, las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, León XIV advirtió contra las sociedades que se extravían al convertir la ciencia y la técnica en empresas lucrativas, favoreciendo las manipulaciones genéticas, la gestación subrogada, la compra de órganos y «la oferta de una muerte programada». Reafirmó que «la tutela del derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano». Estas palabras llegaron pocas semanas después de que Francia aprobara, a finales de julio de 2026, un derecho a la eutanasia y al suicidio asistido en ciertos casos, y dos años después de inscribir en su Constitución la «libertad garantizada» de abortar.
Lo que la Iglesia siempre ha sostenido
El quinto mandamiento del Decálogo es tajante: «No matarás» (Éxodo, XX, 13). El Catecismo del Concilio de Trento, al explicar este precepto, enseña que solo Dios es dueño de la vida y de la muerte, y que a ningún particular le es lícito quitar la vida a un inocente. «Yo mato, y doy la vida» (Deuteronomio, XXXII, 39): la vida del hombre no es una propiedad de la que pueda disponer a su antojo, ni que la autoridad pública pueda entregar. Pío XI lo recordó sin ambigüedad: nadie, ni el particular ni el poder civil, tiene derecho directo sobre la vida del inocente.
La medida
Una ley que concede un «derecho» a dar la muerte trastorna ese orden. Hace del Estado, del médico o del paciente el árbitro de una vida que pertenece solo a Dios. Llamar a esto compasión no cambia la naturaleza del acto: la supresión directa de un inocente, aun consintiente o doliente, sigue siendo lo que la tradición llama un homicidio. Al poner «la tutela del derecho a la vida» como fundamento de todo otro derecho, León XIV no dijo otra cosa: allí donde ese fundamento cede, ningún otro derecho se sostiene.
El papa, en cambio, elogió las instituciones católicas donde los cuidadores «acompañan a nuestros hermanos y hermanas debilitados por el sufrimiento», viendo en ello «una verdadera escuela de humanidad sobre la grandeza del cuidado». Esa es la vía que la tradición bendice: aliviar, velar, acompañar hasta el término natural, jamás apresurar la muerte. En un momento en que hospitales y residencias católicas reclaman una cláusula de conciencia que los dispense de practicar la eutanasia, la separación es neta entre cuidar y matar.
Lo que hay que retener
Ninguna ley positiva puede volver lícito lo que la ley divina prohíbe. León XIII lo enseñaba: una ley humana contraria a la ley eterna ya no es ley, sino la corrupción de la ley. El fiel no ha de obedecer, pues, una prescripción que mandara dar la muerte o cooperar a ella; debe, por el contrario, sostener a quienes cuidan sin matar. No por rebeldía, sino por fidelidad a lo que la Iglesia siempre ha sostenido.
Fuentes. Sagrada Escritura, Éxodo XX, 13 y Deuteronomio XXXII, 39 (Vulgata). Catecismo del Concilio de Trento (1566), explicación del quinto mandamiento. Pío XI, encíclica Casti connubii (1930). León XIII, encíclica Libertas praestantissimum (1888).