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Tras el ataque mortal en la abadía de Jarosław, un sacerdote herido predica el perdón
Dos días después del mortal ataque con cuchillo en la abadía benedictina de Jarosław, un sacerdote herido predicó el perdón y el amor a los enemigos.

El 24 de septiembre de 2026, un hombre entró en la cocina de la abadía benedictina de Jarosław, en el sudeste de Polonia, a pocos kilómetros de la frontera con Ucrania. Tomó un cuchillo y apuñaló a cinco personas. El padre Stanisław Zbójniewicz murió a causa de sus heridas en el hospital; el padre Marek Pieńkowski permanece en estado grave, todavía hospitalizado. La policía detuvo a un ucraniano de treinta y un años, identificado por los fiscales como «Ihor M.» y acusado de asesinato, tentativa de asesinato y lesiones graves; la investigación sigue en curso. El sospechoso, atendido él mismo de sus heridas, recibió un abogado de oficio y un traductor.
Dos días después, el 26 de septiembre, en esa misma abadía donde había corrido la sangre, el padre Adrian Mantykiewicz, con la cabeza aún vendada tras haber sido herido en el ataque, pronunció su homilía vespertina. «Pase lo que pase —dijo—, debemos vencer con el bien, el amor y el perdón el mal que ha ocurrido aquí, en nuestra abadía.» Pidió que no se imputara el crimen a todo un pueblo: «el mal lo cometió una persona concreta, una persona que tiene un nombre, una vida, y que responde de sus actos. Los demás no hicieron esto. Fue un solo hombre.» La abadía, en esa pequeña ciudad fronteriza, ha sostenido a numerosas personas que huían de la guerra entre Rusia y Ucrania.
El propio sacerdote dio la razón de estas palabras: «Soy un discípulo de Jesucristo, un discípulo de mi Maestro, un discípulo de mi Señor, y Cristo me enseña a amar.» Y añadió: «Un amor que se dejó crucificar. Un amor que dio su vida por sus enemigos. Así es mi Señor y Maestro. Y yo soy su siervo.»
Lo que la Iglesia ha enseñado siempre
Estas palabras no son una sensibilidad privada: son el mandamiento de Cristo. «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian» (san Mateo, V, 44). Y desde lo alto de la Cruz, herido de muerte por sus verdugos, el Señor oró: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (san Lucas, XXIII, 34). El Catecismo del Concilio de Trento hace de ello la marca misma de los hijos de Dios: «una de las mejores pruebas de que somos verdaderamente hijos de Dios, es que perdonamos fácilmente las injurias, y que amamos a nuestros enemigos de lo profundo del corazón», pues este amor «hace brillar en nosotros una semejanza particular con Dios nuestro Padre», que se reconcilió con los hombres, sus enemigos, por la muerte de su Hijo.
La misma tradición nunca confunde el perdón con la abolición de la justicia. El Catecismo, en el quinto mandamiento, enseña la gravedad del homicidio y el derecho de la autoridad pública a castigar al culpable; el perdón cristiano no abole ni el crimen ni la pena debida, sino que solo rechaza el odio y la venganza del corazón. Y sostiene otra verdad, de derecho natural: la culpa es personal. Recae sobre quien pecó, no sobre su familia, su nación o su pueblo.
La medida
Medido con esta regla, el gesto del sacerdote es recto, y hay que decirlo con la misma claridad con que señalaríamos una falta. Predicar el perdón en el lugar mismo del crimen, con la cabeza aún vendada, no es debilidad ni olvido: es obedecer palabra por palabra al mandamiento de Cristo e imitarlo hasta en su agonía. Negarse a acusar a todo un pueblo por el crimen de uno solo es sostener la justicia contra la tentación del resentimiento colectivo. En ambos puntos, la homilía coincide con la doctrina perenne, y la recibimos con gratitud.
El perdón ofrecido no es la absolución pedida. El sacerdote perdonó; los tribunales juzgarán, y ese es su oficio. La caridad que ama al enemigo y la justicia que castiga el crimen no se contradicen: se sostienen juntas, como la Iglesia ha enseñado siempre.
Para el fiel, la lección es sencilla y exigente. Rezamos por el descanso del padre Stanisław Zbójniewicz y por la curación de los heridos, y pedimos, como este sacerdote, la gracia de vencer el mal con el bien. Amar a los enemigos no es una piedad de excepción reservada a los santos: es la condición misma que recitamos cada día, «perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores».
Fuentes. Evangelio según san Mateo, V, 44, y san Lucas, XXIII, 34 (Vulgata, versión Torres-Amat); Catecismo del Concilio de Trento (1566), quinta petición de la oración dominical («perdónanos nuestras deudas»), sobre el amor a los enemigos como marca de los hijos de Dios, y capítulo del quinto mandamiento («No matarás»), sobre la gravedad del homicidio y el castigo del culpable por la autoridad.