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Rabat: Roma nombra un sucesor al cardenal López Romero, investigado por abusos
León XIV nombra un arzobispo coadjutor en Rabat con derecho de sucesión, designando al sucesor del cardenal López Romero, apartado y bajo investigación vaticana por acusaciones de violencia sexual.

El papa León XIV ha nombrado al sacerdote español Mario León Dorado arzobispo coadjutor de la archidiócesis de Rabat, cargo que lleva aparejado el derecho automático de sucesión. El nombramiento se hizo público mediante un comunicado de la Santa Sede el sábado 12 de septiembre. Designa de hecho al sucesor del cardenal Cristóbal López Romero, salesiano de 74 años, que se apartó de su sede en julio tras unas acusaciones de violencia sexual.
De 52 años, nacido en Madrid, miembro de los Oblatos de María Inmaculada, el coadjutor ejerce su ministerio en el Sáhara Occidental desde hace casi veinticinco años. Al menos cinco mujeres adultas acusan al cardenal de violencia sexual y de comportamientos inapropiados. La denuncia canónica habla de un contacto físico «inapropiado», de «abrazos especialmente intensos y prolongados» y de un intento de acercarse para dar un beso. Hasta el momento no se ha presentado ninguna denuncia ante la justicia marroquí, según la fiscalía y la policía. A comienzos de agosto, dos investigadores enviados por el Dicasterio para la Evangelización, un sacerdote y un obispo, se desplazaron a Rabat para escuchar a presuntas víctimas y a miembros de la diócesis.
El marco de este relevo es discutido. Según un relato, el papa habría acelerado el apartamiento del cardenal, en prolongación de una suspensión que se habría decidido el 1 de agosto y de la entrega de la diócesis a Mario León Dorado como administrador apostólico «sede plena».
El cardenal, por su parte, en una carta publicada ese mismo sábado, disocia la llegada del coadjutor de la investigación: afirma haber planteado ya a finales de 2024 el nombramiento de un coadjutor al papa Francisco, que habría aceptado la idea, y haber reiterado luego la petición a León XIV en octubre de 2025. Dice recibir este nombramiento «con gran alegría e inmensa gratitud». Niega haber «cometido agresión, violencia ni acoso sexual». Su mandato al frente de Rabat debe en todo caso concluir al cumplir los 75 años, en mayo de 2027. Recogemos estas versiones como discutidas y no las dirimimos.
Lo que enseña la tradición
El episcopado no admite la mediocridad. «Es preciso que un obispo sea irreprensible», enseña san Pablo, «sobrio, prudente, grave, modesto, casto» (Primera Epístola a Timoteo, III, 2). El Catecismo del Concilio de Trento, al tratar del sacramento del Orden, recuerda la santidad que reclaman quienes tocan las cosas santas y presiden al pueblo de Dios. El sexto mandamiento liga a todos los fieles a la pureza, y a los clérigos los primeros, por razón de su estado. Y el Señor pronunció sobre el escándalo una palabra sin apelación: «mejor le seria que le coleasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en el profundo del mar» (Evangelio según san Mateo, XVIII, 6).
La medida
Medimos el acto, no la culpabilidad de un hombre: ningún tribunal la ha establecido, y el interesado la niega. Dos verdades de la doctrina perenne se sostienen juntas. La primera: un obispo debe estar por encima de todo reproche; unas acusaciones graves y públicas, aun antes de toda prueba, hieren el cargo y al rebaño, y la Iglesia siempre ha tenido el deber de apartar el escándalo y proteger las almas. La investigación y la designación de un sucesor responden a ese deber.
La segunda: la justicia prohíbe condenar sin prueba; la tradición sostiene el «in dubio pro reo», y el octavo mandamiento defiende contra la calumnia tanto como contra el ahogo de la verdad. Que el propio relato de la salida sea discutido —sucesión solicitada de un lado, apartamiento del otro— muestra cuánto el escándalo agrieta hasta la verdad que toca. El remedio que pide la tradición no es ni la presunción ni el silencio, sino la verdad establecida y devuelta a todos.
Lo que esto dice a los fieles
El fiel formado en la tradición no se escandaliza de que la Iglesia juzgue a sus pastores; se edifica con ello, pues es señal de que el cargo se tiene por santo. Reza por las denunciantes como por el acusado, aguarda la verdad sin prejuzgarla, y se mantiene en la fe tal como la Iglesia la ha enseñado siempre. La dignidad del episcopado no depende de la fidelidad de un hombre, sino de Cristo que la instituyó.
Fuentes. Sagrada Escritura: Primera Epístola a Timoteo, III, 2; Evangelio según san Mateo, XVIII, 6 (Vulgata). Catecismo del Concilio de Trento (1566), del sacramento del Orden y del sexto mandamiento.