La Fe
Las Virtudes: teologales y cardinales
Cuáles son las virtudes según el Catecismo de San Pío X: las tres teologales (fe, esperanza y caridad) y las cuatro cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), explicadas una por una.

Cuando preguntamos cuáles son las virtudes, la Iglesia no responde con una lista de buenas cualidades sueltas, sino con un orden claro y antiguo. Las virtudes principales son siete: tres teologales —la fe, la esperanza y la caridad— y cuatro cardinales —la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Las primeras nos unen directamente a Dios; las segundas ordenan toda nuestra vida moral. Conocerlas no es un ejercicio de memoria, sino el plano del alma que la gracia quiere edificar en nosotros.
¿Qué son las virtudes?
Una virtud es una disposición habitual y firme del alma a hacer el bien. No es un acto aislado —cualquiera puede ser valiente una vez—, sino una costumbre buena, arraigada, que inclina la voluntad al bien con facilidad y constancia. Por eso la virtud es lo contrario del vicio: si el vicio es la mala costumbre que inclina al mal, la virtud es la buena costumbre que inclina al bien.
El Catecismo de San Pío X distingue dos grandes géneros de virtudes. Están las virtudes teologales, llamadas así porque tienen a Dios mismo por objeto inmediato: creemos en Él, esperamos en Él, le amamos a Él. Y están las virtudes cardinales, llamadas así del latín cardo, gozne o quicio, porque sobre ellas gira, como una puerta sobre sus goznes, toda la vida moral del hombre. Las teologales son infusas: las recibimos de Dios en el Bautismo, junto con la gracia santificante. Las cardinales pueden adquirirse con el esfuerzo y el ejercicio, pero también las eleva y perfecciona la gracia.
Conviene decirlo de entrada: ninguna virtud verdadera es obra solo nuestra. Toda virtud sobrenatural es don de Dios, sostenido por su gracia. Pedirla en la oración es tan necesario como ejercitarla.
Las tres virtudes teologales
Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad. San Pablo las nombra juntas al final de su himno a la caridad: «Ahora permanecen estas tres virtudes, la fe, la esperanza, y la caridad: pero de las tres la caridad es la más excelente de todas» (1 Corintios 13, 13). Son el fundamento de toda la vida cristiana, porque sin ellas ninguna obra, por buena que parezca, agrada plenamente a Dios.
1. La fe
La fe es la virtud sobrenatural por la cual creemos firmemente todas las verdades que Dios ha revelado y nos propone por medio de la Iglesia, precisamente porque Él, que es la Verdad misma, las ha revelado. No creemos porque comprendamos —muchos misterios nos superan—, sino porque nos fiamos de quien no puede ni engañarse ni engañarnos. La fe es la raíz: por ella conocemos a Dios y el camino que lleva a Él. «Sin fe es imposible agradar a Dios», enseña la Escritura (Hebreos 11, 6). Esta es la fe que profesamos cada día en el Credo.
2. La esperanza
La esperanza es la virtud sobrenatural por la cual deseamos y esperamos de Dios, con firme confianza, la vida eterna y los medios necesarios para alcanzarla, apoyados en su bondad y en sus promesas. No es un sentimiento optimista ni una vaga ilusión: es la certeza, fundada en Dios, de que Él nos dará lo que ha prometido si hacemos nuestra parte. La esperanza sostiene al alma en la prueba y la guarda de los dos abismos contrarios: la presunción, que espera salvarse sin esfuerzo, y la desesperación, que cree imposible la salvación.
3. La caridad
La caridad es la virtud sobrenatural por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por ser Él infinitamente bueno, y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Es la reina de las virtudes, la mayor de las tres, como dice San Pablo, porque la fe y la esperanza pasarán cuando veamos a Dios cara a cara, pero la caridad no fenece jamás: permanece en el cielo. El mismo Apóstol la describe: «La caridad es sufrida, es dulce y bienhechora: la caridad no tiene envidia, no obra precipitada ni temerariamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal» (1 Corintios 13, 4-5). La caridad da vida a todas las demás virtudes; sin ella, decía San Pablo, aunque diéramos todos nuestros bienes a los pobres, de nada nos serviría.
Las cuatro virtudes cardinales
Las virtudes cardinales son cuatro: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Se llaman cardinales —del latín cardo, quicio— porque son como los goznes sobre los que se sostiene y gira toda la vida moral. A ellas se reducen, como a sus cabezas, todas las demás virtudes morales.
La Sagrada Escritura las reúne ya en el libro de la Sabiduría, que dice de la sabiduría divina: «ella es la que enseña la templanza, la prudencia, y la justicia, y la fortaleza, que son las cosas más útiles a los hombres en esta vida» (Sabiduría 8, 7). Santo Tomás de Aquino explica por qué son precisamente cuatro: toda virtud moral requiere la recta razón (prudencia), la rectitud de la voluntad para con los demás (justicia), la firmeza ante el temor (fortaleza) y el freno del deseo (templanza) (Suma teológica I-II, q. 61, a. 2).
1. La prudencia
La prudencia es la virtud que dispone la razón a discernir, en cada circunstancia, el verdadero bien y los medios rectos para alcanzarlo. La tradición la llama auriga de las virtudes, la que conduce a las demás, porque sin ella ni la justicia sabría qué dar, ni la fortaleza cuándo arriesgarse, ni la templanza dónde poner la medida. No es astucia ni cálculo egoísta —eso es su falsificación—, sino la sabiduría práctica del que obra con acierto. El prudente delibera antes de actuar, juzga con rectitud y ejecuta sin vacilar: según Santo Tomás, estos son sus tres actos, y el principal es el último, el imperar (Suma teológica II-II, q. 47, a. 8).
2. La justicia
La justicia es la virtud constante y firme de dar a cada uno lo que le es debido: a Dios, el culto y la obediencia que le debemos como Creador; al prójimo, sus derechos; a la sociedad, lo que le corresponde. La justicia para con Dios se llama religión, y es la primera de todas, porque a nadie debemos tanto como a Aquel de quien todo lo hemos recibido. De la justicia brota el respeto, la honradez, la fidelidad a la palabra dada y el cumplimiento de los deberes que ordenan los Diez Mandamientos.
3. La fortaleza
La fortaleza es la virtud que da firmeza al alma para emprender y soportar las dificultades y los peligros que se interponen en el camino del bien, incluso a costa de la propia vida. Tiene dos actos: acometer, cuando hay que arrostrar el peligro por una causa justa, y sobre todo resistir, que Santo Tomás tiene por su acto principal (II-II, q. 123, a. 6), soportando con paciencia y constancia los males que no se pueden evitar. La fortaleza no es temeridad ni audacia ciega, sino el dominio del temor por amor al bien. Su cima son los mártires, que dieron la vida antes que traicionar la fe.
4. La templanza
La templanza es la virtud que modera el apetito de los placeres sensibles y los contiene dentro de los límites de la razón. No condena los bienes de este mundo —el comer, el beber, el descanso, los goces lícitos—, sino que los ordena, impidiendo que el alma se haga esclava de ellos. De la templanza nacen la sobriedad, la modestia, la castidad y la humildad, que es la templanza del apetito desordenado de la propia excelencia. Es la virtud que guarda al hombre dueño de sí mismo.
Las virtudes y los pecados capitales: una batalla
Las virtudes no se entienden bien si no se las ve en lucha. A cada vicio capital se opone, como su remedio, una virtud contraria, y el Catecismo de San Pío X enseña una regla luminosa: los vicios capitales se vencen con el ejercicio de las virtudes opuestas. No se vence un vicio combatiéndolo solo, sino plantando en su lugar la virtud contraria. A la soberbia se le opone la humildad; a la avaricia, la liberalidad; a la lujuria, la castidad; a la ira, la paciencia; a la gula, la abstinencia; a la envidia, el amor fraterno; a la pereza, la diligencia y el fervor en el servicio de Dios (Catecismo de San Pío X, parte V, cap. 6).
Por eso conviene leer este artículo junto al de los 7 pecados capitales: son las dos caras de una misma moneda. El examen de conciencia tradicional recorre los vicios para descubrir la raíz del mal; el cultivo de las virtudes siembra el bien que lo arranca. La vida cristiana es exactamente esa labranza: arrancar la maleza y plantar el trigo, día tras día, sostenidos por la gracia.
Virtudes, dones y frutos: cómo se distinguen
Una confusión frecuente es mezclar las virtudes con los dones y los frutos del Espíritu Santo. Conviene distinguirlos, porque la fe es ordenada:
- Las virtudes son las disposiciones habituales a obrar el bien: las tres teologales y las cuatro cardinales, con todas las que de ellas se derivan.
- Los dones del Espíritu Santo son siete (sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios): perfeccionan las virtudes y hacen al alma dócil a las inspiraciones de Dios. Puedes leer sobre los dones del Espíritu Santo y sobre el Espíritu Santo que los infunde.
- Los frutos del Espíritu Santo son los efectos sabrosos de la virtud y la gracia en el alma —caridad, gozo, paz, paciencia y los demás que enumera San Pablo—; sobre ellos tratamos en los frutos del Espíritu Santo.
Las virtudes son, por así decir, la estructura; los dones, las velas que reciben el viento de Dios; los frutos, la cosecha. Las tres realidades se ordenan a lo mismo: hacernos santos.
Cómo crecer en las virtudes
Las virtudes teologales se reciben con la gracia, pero se ejercitan y se aumentan con los actos. Crecemos en la fe meditando las verdades reveladas y profesándolas; en la esperanza, confiando en Dios sobre todo en la prueba; en la caridad, amando a Dios y sirviendo al prójimo. Las virtudes cardinales se adquieren con la repetición constante de actos buenos, hasta que lo que costaba esfuerzo se hace casi natural.
Pero el medio principal es siempre sobrenatural: la oración, los sacramentos y la docilidad a la gracia. Por eso conviene pedir las virtudes con humildad. El Catecismo de San Pío X enseña que no basta haber recibido en el Bautismo las virtudes teologales: quien tiene uso de razón está obligado a hacer actos de fe, esperanza y caridad al llegar al uso de razón, con frecuencia durante la vida y en peligro de muerte. Esos actos de fe, esperanza y caridad, aprendidos en el catecismo, son la forma más sencilla de ejercitarlas cada mañana.
Quien los hace con frecuencia, y se acerca a los sacramentos con fervor, encontrará que las virtudes echan raíces hondas. No de golpe, sino como crece el árbol: en silencio, hacia la luz. Encontrará un camino seguro en las oraciones católicas de siempre, donde la Iglesia ha guardado la sabiduría de los santos.
Preguntas Frecuentes
¿Cuáles son las virtudes?
Las virtudes principales son siete: las tres teologales —la fe, la esperanza y la caridad— que tienen a Dios por objeto, y las cuatro cardinales —la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza— sobre las que gira toda la vida moral. A estas siete se reducen, como a sus cabezas, todas las demás virtudes cristianas.
¿Qué son las virtudes teologales?
Son las virtudes que tienen a Dios mismo por objeto inmediato y que recibimos de Él con la gracia en el Bautismo. Son tres: la fe, por la que creemos en Dios; la esperanza, por la que esperamos de Él la vida eterna; y la caridad, por la que le amamos sobre todas las cosas. San Pablo las nombra juntas en 1 Corintios 13, 13, y dice que la mayor de ellas es la caridad.
¿Cuáles son las cuatro virtudes cardinales?
Las cuatro virtudes cardinales son la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Se llaman cardinales (del latín cardo, quicio o gozne) porque sobre ellas, como sobre sus goznes, gira toda la vida moral del hombre. El libro de la Sabiduría ya las reúne como las cosas más provechosas para los hombres.
¿Por qué la caridad es la mayor de las virtudes?
Porque la fe y la esperanza pasarán cuando lleguemos al cielo —veremos a Dios cara a cara y poseeremos lo que esperábamos—, pero la caridad no fenece jamás: permanece para siempre. Además, la caridad da vida y valor a todas las demás virtudes; sin ella, enseña San Pablo, ninguna obra nos aprovecha para la vida eterna.
¿Cuál es la diferencia entre virtud y vicio?
El vicio es la mala costumbre que inclina el alma a hacer el mal; la virtud es la buena costumbre que la inclina a hacer el bien. A cada vicio capital se opone una virtud contraria, y la Iglesia enseña que el modo de vencer un vicio es ejercitar la virtud opuesta: la humildad contra la soberbia, la castidad contra la lujuria, la abstinencia contra la gula, y así sucesivamente.
¿Las virtudes se reciben o se adquieren?
Ambas cosas, según el tipo. Las virtudes teologales son infusas: Dios las da con la gracia santificante en el Bautismo. Las virtudes cardinales pueden adquirirse con el ejercicio repetido de actos buenos, aunque la gracia las eleva y perfecciona. En todos los casos, conviene pedirlas en la oración y aumentarlas con los sacramentos.
Las Bienaventuranzas son la flor de esta vida de virtud; puedes leer cómo el Evangelio la corona en las Bienaventuranzas.
La app Iter Fidei trae las oraciones, el Breviario de 1962 y el calendario, en latín y español, con audio. Únase al acceso anticipado aquí.
Fuentes. Catecismo de San Pío X, Parte Quinta, cap. 1 («De las virtudes principales»), cap. 2 (los dones del Espíritu Santo) y cap. 6 (los vicios capitales y las virtudes opuestas). Santo Tomás de Aquino, Suma teológica I-II, q. 61; II-II, q. 47, a. 8; q. 123, a. 6. Sagrada Escritura según la versión de Félix Torres Amat: Primera Carta a los Corintios (13, 4-13), Hebreos (11, 6) y Libro de la Sabiduría (8, 7).