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Haití: un campamento de desplazados masacrado en una iglesia
Un campamento de desplazados refugiados en una iglesia, cerca de Puerto Príncipe, fue masacrado por bandas; la tradición mide este crimen con el quinto mandamiento.

En la noche del domingo 23 al lunes 24 de agosto de 2026, un campamento de desplazados instalado en una iglesia, en las alturas de Kenscoff, en las afueras de Puerto Príncipe, fue blanco de hombres armados. Invadieron la comunidad, mataron a habitantes que se habían refugiado allí, incendiaron casas y se llevaron cautivos.
El balance sigue siendo incierto. Se cuentan unos cuarenta muertos según los primeros recuentos, al menos cuarenta y siete según otros, hasta cerca de cincuenta avanzados sobre el terreno, con varias decenas de heridos y de secuestrados; las Naciones Unidas informan de veintidós heridos. La matanza se produjo cerca de una comisaría de policía. Zona montañosa que domina las rutas de acceso a la capital, Kenscoff es blanco repetido de grupos criminales desde comienzos de 2025, y el ataque se atribuye a una coalición de bandas.
El gobierno prometió reforzar la seguridad y responsabilizar a los autores, mientras una fuerza de represión de las bandas apoyada por las Naciones Unidas debe cobrar fuerza. La carnicería ocurre a las puertas de unas elecciones generales previstas para diciembre de 2026, las primeras en más de una década.
La ley que esta sangre quebranta
« No matarás. » Este quinto mandamiento, enseña el Catecismo del Concilio de Trento, está hecho « para proteger la vida de cada uno de nosotros » y « prohíbe absolutamente el homicidio ». No exceptúa a nadie: « ni ricos, ni pobres, ni poderosos... No hay nadie, cualquiera que sea la bajeza de su condición, que no esté protegido por ella. »
El mismo Catecismo pesa la enormidad del crimen. Los homicidas, dice, « son los enemigos más encarnizados del género humano y aun de la naturaleza; pues destruyen, cuanto está en ellos, la obra de Dios, destruyendo al hombre ». Y porque el hombre está creado a imagen de Dios, quien vierte su sangre « le hace una injuria insigne... haciendo desaparecer su imagen de en medio del mundo ». Ya después del diluvio, Dios había puesto esta exigencia: « Pediré cuenta de vuestra sangre a cualquiera que la haya derramado. »
La medida
Lo que la noche de Kenscoff da a ver es el crimen que este mandamiento prohíbe bajo su forma más desnuda: la sangre del inocente y del indefenso, derramada hasta en un lugar de refugio. Ninguna causa, ninguna bajeza de condición retira a estos muertos la protección de la ley divina; su sangre, como la de Abel, clama desde la tierra hacia Dios, que pide cuenta de ella.
La misma ley ilumina el deber de la autoridad. El Catecismo recuerda que los magistrados, « vengadores legítimos del crimen », que castigan a los criminales « para proteger a los inocentes », lejos de quebrantar este precepto, lo observan: su oficio no tiende sino a « poner nuestra vida en seguridad, reprimiendo la audacia y la injusticia ». Guardar al débil no es, pues, para el poder, una política entre otras, sino una carga recibida de Dios; allí donde el inocente no es protegido, la sangre se acumula y se pedirá cuenta de ella.
Lo que el fiel debe retener
Debemos orar por los muertos, por los heridos y por los cautivos, y remitir a sus verdugos a la justicia de Dios, que no se deja burlar. La tradición no nos pide ni venganza ni desesperación, sino la firme memoria de que la vida del hombre, hecha a imagen de Dios, es sagrada hasta en el más pobre de los desplazados, y que ninguna matanza escapa al juicio. Es a esta luz, y no a la de las solas cifras, como se mide una noche semejante.
Fuentes. Catecismo del Concilio de Trento (1566), del quinto mandamiento (« No matarás »). Sagrada Escritura: Génesis, I, 27 (el hombre creado a imagen de Dios); Génesis, IX, 5 (la sangre pedida después del diluvio); Génesis, IV, 10 (la sangre de Abel que clama desde la tierra hacia Dios).