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Ante 49 obispos de misión: una advertencia contra la experimentación litúrgica
En Roma, un subsecretario del Culto Divino advierte a cuarenta y nueve obispos de tierras de misión contra la experimentación litúrgica, el sincretismo y la folclorización del culto; la tradición, aún más estricta, reserva los ritos recibidos a la sola Iglesia.

En Roma, cuarenta y nueve obispos recién nombrados, todos procedentes de territorios de misión, siguieron un curso de formación en el que el subsecretario del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Mons. Aurelio García Macías, les advirtió contra tres peligros: las innovaciones inútiles, el sincretismo y el folclore. La inculturación, advirtió, no puede reducirse a injertar mecánicamente en el culto cantos, danzas o instrumentos locales: «ninguna cultura es el Evangelio», pues la cultura lleva a la vez «semillas del Verbo» y «heridas del pecado». Mezclar el culto cristiano con las religiones tradicionales, o tratar la liturgia como un espectáculo: eso es lo que un obispo debe apartar. «La liturgia pertenece a Cristo y a la Iglesia.»
Recordó que ningún cambio debe introducirse sin «una ventaja verdadera y cierta para la Iglesia», que la inculturación no se improvisa ni se pliega a las ideas de un solo obispo, sacerdote o grupo, sino que requiere estudio, oración, experiencia y discernimiento. El obispo, añadió, no es un «policía litúrgico» sino el «liturgo de su diócesis». Y concluyó: «en último término, la liturgia no es obra nuestra; es Cristo quien continúa actuando en su Iglesia.» Estas palabras nos llegan por relatos concordantes pero de una sola lengua, y las fórmulas entre comillas son restituciones, no las palabras exactas pronunciadas.
La regla que la Iglesia siempre ha sostenido
Este recordatorio no dice nada nuevo; repite, en términos más prudentes, una ley que la Iglesia fijó bajo pena de anatema. El culto público nunca ha sido propiedad del celebrante. El Concilio de Trento fulminó con el anatema a quien pretenda que los ritos recibidos y aprobados de la Iglesia católica, en uso en la administración solemne de los sacramentos, pueden ser despreciados, omitidos sin pecado, o cambiados por otros nuevos por cualquier pastor según su propio juicio.
El principio invocado ante estos obispos, no introducir nada sin «una ventaja verdadera y cierta para la Iglesia», no nació en el concilio que lo formuló: es la traducción debilitada de aquella regla tridentina, que Pío XII había impuesto de nuevo en Mediator Dei al reservar a la sola autoridad de la Iglesia el gobierno de la liturgia, y al prohibir a cualquiera introducir por su propia cuenta la menor novedad.
La medida
En lo esencial, la advertencia coincide con la tradición y merece ser saludada sin rodeos: el sincretismo corrompe el culto, el espectáculo lo profana, y la liturgia no es «ni un museo de formas inmutables, ni un laboratorio permanente». La palabra es justa contra el laboratorio. Pero la tradición va más lejos de lo que permite el marco en que se inscribe este recordatorio. Allí donde se habla de «inculturación» a conducir por «el estudio y el discernimiento», Trento no conoce más que una puerta, y la cerró: los ritos recibidos no se adaptan al arbitrio de un obispo, de un sacerdote o de un grupo, aun con prudencia.
Lo que el orador reprocha a la improvisación, la ley perenne ya lo negaba a la innovación, aun autorizada, desde el momento en que toca a lo que se ha recibido. Reconocer, como él lo hizo, que «la liturgia pertenece a Cristo y a la Iglesia» y que «no es obra nuestra», es nombrar el principio que condena de antemano todo laboratorio, permanente o provisional. El fiel formado en el rito romano de 1962 no tiene que buscar en otra parte su regla: cabe entera en estas palabras, y es más antigua que quienes hoy la redescubren.
Fuentes. Concilio de Trento, sesión VII, De los sacramentos en general, canon 13, sobre los ritos recibidos y aprobados. Pío XII, encíclica Mediator Dei (1947), sobre el gobierno de la sagrada liturgia. Catecismo del Concilio de Trento (1566), de las ceremonias del santo Sacrificio.