Los Sacramentos
Cómo confesarse bien: la confesión paso a paso
Cómo confesarse bien según el Catecismo de San Pío X: las cinco cosas necesarias, qué decir en el confesonario palabra por palabra, el Yo pecador, la absolución latina, la primera confesión y la confesión después de muchos años.

Para confesarse bien se necesitan cinco cosas, enseña el Catecismo de San Pío X: el examen de conciencia, el dolor de haber ofendido a Dios, el propósito de no pecar más, la acusación de los pecados y la satisfacción o penitencia. En la práctica: os arrodilláis, hacéis la señal de la Cruz, decís «Ave María Purísima» y cuánto tiempo hace de vuestra última confesión, acusáis los pecados mortales con su número, recibís la penitencia y rezáis el acto de contrición mientras el sacerdote da la absolución. Esta guía explica cada paso, con las palabras exactas que se dicen.
Qué es la confesión
La confesión es el sacramento de la Penitencia, que el Catecismo de San Pío X define así: «La Penitencia, llamada también Confesión, es el sacramento instituido por Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo». Nuestro Señor lo instituyó el mismo día de su Resurrección, en el cenáculo: «Dichas estas palabras, alentó o dirigió el aliento hacia ellos; y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonareis; y quedan retenidos a los que se los retuviereis» (Juan 20, 22-23, trad. Torres Amat).
Cristo da a los Apóstoles un poder de juez: perdonar o retener. Y un juez no puede sentenciar sin conocer la causa. Por eso, enseña el Concilio de Trento, todos los pecados mortales deben someterse al sacerdote: la acusación no es una devoción facultativa, sino el camino ordinario del perdón. Para quien ha caído en pecado grave después del Bautismo, este sacramento es, con la expresión de los Padres que recoge Trento, la «segunda tabla después del naufragio».
Las cinco cosas para una buena confesión
El Catecismo resume los pasos de la confesión en cinco. Las tres primeras se hacen antes de entrar al confesonario; la cuarta, ante el sacerdote; la quinta, después. Y antes de todas, una oración: «Para confesarnos bien debemos, ante todo, rogar de todo corazón al Señor que nos dé luz para conocer todos nuestros pecados y fuerza para detestarlos».
1. El examen de conciencia
«El examen de conciencia es una búsqueda atenta de los pecados que se han cometido desde la última confesión bien hecha». Se hace recordando delante de Dios lo que hemos pecado por pensamientos, palabras, obras y omisiones, contra los mandamientos de Dios y de la Iglesia y contra las obligaciones del propio estado; y, en los pecados mortales, buscando también su número. Las preguntas concretas, ordenadas en cuatro partes (mandamientos, preceptos de la Iglesia, pecados capitales y deberes de estado), están en nuestro examen de conciencia para la confesión.
Para que un pecado sea mortal se requieren tres cosas a la vez: materia grave, plena advertencia y perfecto consentimiento de la voluntad. Si falta alguna, el pecado es venial. Los mortales deben confesarse todos; los veniales no es obligatorio confesarlos, aunque es muy bueno hacerlo.
2. El dolor de los pecados
De las cinco partes, la más necesaria es el dolor, porque sin él no hay perdón posible. «El dolor de los pecados consiste en un pesar y una sincera detestación de la ofensa hecha a Dios». Puede ser perfecto (la contrición, que nace del amor a Dios, infinitamente bueno) o imperfecto (la atrición, que nace del temor del castigo o de la fealdad del pecado). Para recibir la absolución basta la atrición sincera; pero conviene pedir siempre la contrición perfecta, que devuelve la gracia incluso antes de la absolución, con tal que incluya el deseo de confesarse.
El dolor debe ser interior, sobrenatural, sumo y universal, es decir, extenderse a todos los pecados mortales. No hacen falta lágrimas: basta querer de veras no haber ofendido a Dios. Se expresa con el acto de contrición, que se reza antes de entrar y se renueva durante la absolución.
3. El propósito de la enmienda
El buen propósito es la voluntad resuelta de no volver a pecar y de emplear los medios para evitarlo. El Catecismo pide que sea absoluto (sin condiciones), universal (para todos los pecados mortales) y eficaz (decidido a huir de las ocasiones y a corregir los malos hábitos). No es la certeza de no recaer, que nadie tiene, sino la voluntad presente y seria de no hacerlo: dejar aquella compañía, aquella página, aquella costumbre. «Estamos gravemente obligados a huir de las ocasiones peligrosas que, ordinariamente, nos inducen a cometer el pecado mortal y que se llaman ocasiones próximas del pecado».
4. La acusación de los pecados
«Estamos obligados a confesarnos de todos los pecados mortales, pero es bueno confesar también los veniales». La acusación ha de ser humilde, íntegra, sincera, prudente y breve: íntegra, manifestando todos los pecados mortales con su número y las circunstancias que cambian su especie; sincera, sin excusarlos ni disminuirlos; prudente, con palabras modestas y sin descubrir los pecados de otros; breve, sin decir nada inútil. Quien no recuerda el número exacto, dice el aproximado. Para conocer las raíces de donde brotan las caídas, nuestra página sobre los siete pecados capitales explica también cuándo un vicio llega a pecado mortal.
5. La satisfacción o penitencia
Es la obra buena que impone el confesor para reparar, en parte, la pena temporal que queda debida por los pecados ya perdonados. Hay que hacerla cuanto antes y con devoción. Si se ha dañado al prójimo en sus bienes o en su fama, la confesión obliga además a restituir y reparar, en cuanto sea posible. Lo que la penitencia no alcanza a borrar se satisface con las buenas obras y con las indulgencias, como explica nuestra página sobre la indulgencia plenaria.
Qué decir en la confesión, palabra por palabra
Las palabras son pocas y siempre las mismas. Este es el orden tradicional, el mismo que sigue la guía del confesonario de nuestra app.
1. El saludo. Arrodillados en el confesonario, se saluda como es costumbre en España y en América:
Ave María Purísima.
El sacerdote responde «Sin pecado concebida». El Catecismo de San Pío X propone pedir la bendición: «Bendecidme, Padre, porque he pecado», inclinándose para recibirla y haciendo la señal de la cruz.
2. El Yo pecador. En muchos lugares se reza entonces el Yo pecador, la confesión general, al menos hasta «por mi grandísima culpa». Es una costumbre buena, no obligatoria. Su forma tradicional en el confesonario es esta:
Yo pecador me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, a todos los Santos, y a vos, Padre, que pequé gravemente con el pensamiento, palabra y obra, por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa.
3. El tiempo desde la última confesión. Se dice con sencillez:
Padre, hace [un mes, un año, muchos años] que me confesé. Estos son mis pecados.
4. La acusación. Primero los pecados mortales, cada uno con su especie y su número; después, los veniales que se quieran añadir. Sin relatos ni excusas: el pecado, su gravedad, cuántas veces.
5. La conclusión. Terminada la acusación, se dice:
De todos estos pecados y de todos los que he olvidado, pido perdón a Dios de todo corazón; y a vos, Padre, os pido la penitencia y la absolución.
6. Los consejos y la penitencia. El sacerdote puede hacer una pregunta para entender un pecado, da algún consejo e impone la penitencia. Si no la habéis oído bien, pedidle que la repita.
7. El acto de contrición. Mientras el sacerdote da la absolución, se reza en voz baja el acto de contrición:
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.
8. La absolución. En el rito tradicional (Rituale Romanum, edición de 1952, el que acompaña al Misal de 1962) el sacerdote reza en latín. La forma del sacramento está en estas palabras:
Dominus noster Iesus Christus te absolvat; et ego auctoritate ipsius te absolvo ab omni vinculo excommunicationis et interdicti, in quantum possum et tu indiges. Deinde ego te absolvo a peccatis tuis, in nomine Patris, et Filii, ✠ et Spiritus Sancti. Amen.
Es decir: «Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». Al «Amen», el penitente se santigua. El sacerdote lo despide; se puede responder «Gracias, Padre» y salir a cumplir la penitencia, dando gracias a Dios.
Ejemplo de cómo confesarse
Muchos buscan un ejemplo de cómo confesarse, porque el temor nace a menudo solo de no saber qué se dice de viva voz. Así suena una acusación bien hecha:
«Ave María Purísima. Padre, hace unos tres meses que me confesé. Falté a la Misa del domingo dos veces por pereza. Dije mentiras, unas diez veces, sin daño para nadie. Me enfadé con mi mujer y le dije palabras ofensivas, varias veces. Consentí en pensamientos impuros, algunas veces. De todos estos pecados y de todos los que he olvidado, pido perdón a Dios de todo corazón; y a vos, Padre, os pido la penitencia y la absolución».
Tres cosas hacen buena una acusación. El pecado se dice con su nombre y su número («dos veces», «unas diez veces»), no con fórmulas vagas como «no he sido muy religioso». Se dice la circunstancia que cambia la especie del pecado (un robo en una iglesia, una mentira bajo juramento), pero no la historia que lo rodea. Y si no sabéis si algo fue grave, decidlo con vuestra duda: «No sé si fue grave». El confesor os ayudará.
Cómo se confiesa uno en la iglesia
En las iglesias tradicionales se confiesa en el confesonario: el sacerdote, con estola morada, sentado en el centro; el penitente arrodillado a un lado, separado por una rejilla que permite confesarse sin ser visto. Este modo protege admirablemente la humildad y la discreción, y es el propio de la tradición. Los horarios de confesión suelen indicarse en la iglesia: con frecuencia antes de la Misa y el sábado por la tarde. No hace falta cita: se espera el turno y se entra cuando queda libre. Conviene llegar con el examen ya hecho en casa. Si no hay horario, se puede pedir confesión a cualquier sacerdote, que rara vez la niega.
Cómo confesarse con el padre sin miedo
Muchos preguntan cómo confesarse con el padre, temiendo el momento. Recordad que el sacerdote no actúa en nombre propio: es Cristo quien escucha y perdona por su ministerio. Y el sigilo es absoluto: el confesor «está obligado al secreto sacramental, que no puede violar sin cometer un gravísimo pecado». Si os quedáis en blanco, decidlo con sencillez: «Padre, no sé bien cómo empezar». Os guiará con preguntas.
El gran modelo de los confesores es san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars (1786-1859), canonizado por Pío XI en 1925, que pasaba largas horas cada día en el confesonario y a quien acudían penitentes de toda Francia. Su ejemplo enseña lo que el penitente olvida con el miedo: el confesor no se escandaliza de encontrar pecadores, porque precisamente para ellos está allí.
Cómo confesarse después de muchos años
Volver a confesarse tras diez, veinte o cuarenta años es más sencillo de lo que parece. Decidlo al empezar: «Padre, hace unos veinte años que no me confieso». Acusad los pecados mortales que recordéis según su especie, y el número como honestamente podáis: «más o menos una vez por semana durante algunos años» es una respuesta verdadera cuando la cifra exacta se ha perdido.
El Catecismo es consolador en un punto preciso: «El que, por puro olvido, ha callado un pecado mortal o una circunstancia necesaria, ha hecho una buena confesión, con tal que haya puesto en recordarlo todo el cuidado que debía»; solo queda obligado a acusarlo la próxima vez. No se os pide recordarlo todo, sino un esfuerzo sincero. Dedicad más tiempo de lo habitual al examen, pedid la luz del Espíritu Santo, y recordad que en la confesión basta un dolor imperfecto, con tal que sea verdadero.
La app Iter Fidei para la confesión ayuda precisamente aquí: marcáis las preguntas del examen que os tocan, los pecados se recogen en un cuaderno privado que solo existe en vuestro teléfono, y la guía del confesonario os acompaña paso a paso hasta la absolución.
La confesión general
Se llama confesión general aquella en que se acusan no solo los pecados desde la última confesión, sino los de toda la vida o de un largo periodo. Es necesaria para quien sabe que se confesó mal: «El que ha ocultado voluntariamente algún pecado mortal en la confesión debe dar a conocer al confesor el pecado que ha ocultado, decir en cuántas confesiones lo ha ocultado y rehacer todas las confesiones desde la última que fue bien hecha». Callar a sabiendas un pecado mortal no es un descuido: «profana el sacramento» y es «un gravísimo sacrilegio».
Fuera de ese caso, la confesión general es útil pero no obligatoria. La tradición la aconseja en los grandes momentos de la vida: antes del matrimonio o de entrar en religión, en unos ejercicios espirituales, en la vejez o en la enfermedad. Se pide al sacerdote un poco de tiempo, quizá fuera del horario ordinario. Debe desaconsejarse, en cambio, a quien sufre escrúpulos y querría volver a confesar sin fin pecados ya perdonados: para ellos la regla es obedecer al confesor.
Cómo confesarse por primera vez
Con el decreto Quam singulari (1910), san Pío X fijó la edad de la primera confesión y de la Primera Comunión en la edad de la discreción, hacia los siete años, cuando el niño empieza a razonar; la confesión precede a la Comunión. Para prepararla basta poco, pero bien hecho:
- Explicar el sacramento con palabras sencillas: Jesús dio a los sacerdotes el poder de perdonar los pecados, y el sacerdote nunca dirá a nadie lo que ha oído.
- Enseñar un examen adaptado a la edad: las oraciones, la Misa del domingo, la obediencia a los padres, las mentiras, las peleas, las cosas tomadas a escondidas.
- Hacer aprender de memoria el saludo, la conclusión y el acto de contrición; para los más pequeños, el «Pésame, Dios mío».
- Acompañar al niño: rezar juntos antes, esperarlo en la iglesia, ayudarle a cumplir enseguida la penitencia y dar gracias juntos.
El adulto que nunca se ha confesado sigue exactamente el mismo orden. Basta decir al empezar: «Padre, es mi primera confesión». El sacerdote, lejos de reprender, os ayudará con preguntas.
Cada cuánto confesarse
La Iglesia manda confesarse «al menos una vez al año» (tercer mandamiento de la Iglesia) y, a quien está en pecado mortal, confesarse antes de comulgar. Pero el mínimo no es el ideal. «Es muy bueno confesarse a menudo», dice el Catecismo, «porque el sacramento de la Penitencia no solamente borra los pecados, sino que además da las gracias necesarias para evitarlos en lo venidero». Pío XII, en la encíclica Mystici Corporis (1943), recomendó la confesión frecuente aun de los solos pecados veniales, práctica introducida en la Iglesia «no sin inspiración del Espíritu Santo». Muchos fieles se confiesan cada mes o cada quince días. Lo esencial es no aplazarla tras una caída grave.
La confesión y la lucha contra el pecado
La confesión no solo perdona lo pasado: es medicina para lo que vendrá. Quien se confiesa a menudo aprende a conocer las raíces de sus pecados, que la tradición resume en los siete vicios capitales, y allí da la verdadera batalla. Muchos fieles luchan durante años con el mismo pecado contra la pureza; sobre esa lucha concreta, nuestra página sobre lo que enseña la Iglesia acerca de la masturbación explica la doctrina y los remedios. Y el penitente que vuelve cada vez con la misma falta no debe desanimarse: «Porque siete veces caerá el justo, y siempre volverá a levantarse» (Proverbios 24, 16, trad. Torres Amat). Para disponer el corazón, nada mejor que el salmo del arrepentimiento de David, el Miserere.
Preguntas Frecuentes
¿Cuáles son los pasos de la confesión?
Son cinco, según el Catecismo de San Pío X: el examen de conciencia, el dolor de haber ofendido a Dios, el propósito de no pecar más, la acusación de los pecados al sacerdote y la satisfacción o penitencia. Los tres primeros se hacen antes de entrar al confesonario.
¿Qué hay que decir cuando uno se confiesa?
Al empezar: «Ave María Purísima» (o «Bendecidme, Padre, porque he pecado») y «Padre, hace tanto tiempo que me confesé». Después, los pecados, uno tras otro, con su número. Al terminar: «De todos estos pecados y de todos los que he olvidado, pido perdón a Dios de todo corazón; y a vos, Padre, os pido la penitencia y la absolución». Durante la absolución se reza el acto de contrición.
¿Qué pasa si olvido confesar un pecado?
Si lo olvidasteis sin culpa, después de un examen sincero, la confesión es buena y el pecado queda perdonado con los demás; si era mortal, debéis acusarlo en la próxima confesión. Si, en cambio, lo callasteis a propósito por vergüenza, la confesión no vale y hay que rehacerla, acusando también el sacrilegio.
¿Se puede comulgar sin confesarse?
Sí, si no se está en pecado mortal: los pecados veniales no impiden la Comunión. Quien tiene conciencia de un pecado mortal debe confesarse antes de comulgar, aunque esté arrepentido, como enseña el Concilio de Trento (sesión XIII, capítulo 7). Comulgar en pecado mortal es un sacrilegio.
¿Uno puede confesarse por internet o a solas con Dios?
No. El sacramento requiere la presencia de un sacerdote que escucha y absuelve: no hay confesión por teléfono, por carta ni por una aplicación. A solas se puede y se debe hacer un acto de contrición, que si es perfecto obtiene el perdón, pero con la obligación de confesarse en cuanto sea posible.
¿El sacerdote puede repetir lo que le digo?
No, jamás. El confesor está obligado al sigilo sacramental, que no puede violar bajo ningún motivo sin cometer un gravísimo pecado. Podéis abrir la conciencia con plena confianza.
¿Qué es la confesión general?
Es la confesión de los pecados de toda la vida o de un largo periodo. Es necesaria para quien hizo confesiones inválidas, por ejemplo callando por vergüenza un pecado mortal; en los demás casos es útil en los grandes momentos de la vida, pero no se aconseja a los escrupulosos.
¿A qué edad se hace la primera confesión?
A la edad de la discreción, hacia los siete años, antes de la Primera Comunión: así lo estableció el decreto Quam singulari de 1910, bajo san Pío X.
La app Iter Fidei os acompaña en la confesión: el examen de conciencia en cuatro partes, un cuaderno privado y la guía paso a paso del confesonario, con el acto de contrición. Únase al acceso anticipado aquí.
Fuentes. Catecismo Mayor de San Pío X, parte IV, capítulo 6, «La Penitencia»; Catecismo del Concilio de Trento (Catecismo Romano), parte II, «Del sacramento de la Penitencia»; Concilio de Trento, sesión XIII, capítulo 7, y sesión XIV; Sagrada Congregación de Sacramentos, decreto Quam singulari (1910); Pío XII, encíclica Mystici Corporis (1943); Rituale Romanum (1952), Ritus ministrandi sacramentum Poenitentiae; Sagrada Biblia, traducción de Félix Torres Amat (Juan 20, 22-23; Proverbios 24, 16).