Oraciones
Oración de san Agustín: Tarde te amé y sus otras oraciones
Las oraciones auténticas de san Agustín en latín y en español, tomadas de sus obras: «Nos hiciste para ti», «Tarde te amé», la oración de conversión de los Soliloquios, la oración por su madre difunta y la del estudio; con la oración al Espíritu Santo que se le atribuye y las que circulan con su nombre sin ser suyas.
La oración de san Agustín más célebre es el «Tarde te amé» de las Confesiones, pero no es la única: el obispo de Hipona dejó en sus libros muchas oraciones verdaderas, dirigidas a Dios con una intensidad que no ha envejecido. Aquí reunimos las principales, en latín y en español, con la referencia exacta de la obra de la que proceden, para que podáis rezarlas sabiendo que son suyas. Al final distinguimos las que se le atribuyen con más o menos fundamento y las que circulan con su nombre sin haber salido nunca de su pluma, como «La muerte no es nada» o «No llores si me amas».
Cómo reconocer una oración auténtica de san Agustín
San Agustín (354-430) escribió más que ningún otro Padre de la Iglesia, y por eso mismo se le han atribuido, a lo largo de los siglos, textos ajenos. Las oraciones que damos aquí cumplen una condición sencilla: se encuentran en una obra suya conocida, y damos el libro y el capítulo. Las traducciones al español las hemos hecho directamente del latín, con fidelidad al texto.
Casi todas proceden de dos libros. Las Confesiones, escritas hacia el año 400, son una larga oración dirigida a Dios de principio a fin: Agustín cuenta su vida hablándole a Él. Los Soliloquios, escritos en la casa de campo de Casiciaco, cerca de Milán, en los meses que siguieron a su conversión, se abren con una gran oración.
«Nos hiciste para ti»: la oración del comienzo de las Confesiones
Es la primera página de las Confesiones (libro I, capítulo 1) y contiene la frase más citada de san Agustín. Es una oración de alabanza y, a la vez, el resumen de toda su vida: el corazón humano busca a Dios aun cuando no lo sabe.
Magnus es, Domine, et laudabilis valde: magna virtus tua, et sapientiae tuae non est numerus. Et laudare te vult homo, aliqua portio creaturae tuae, et homo circumferens mortalitatem suam, circumferens testimonium peccati sui et testimonium quia superbis resistis: et tamen laudare te vult homo, aliqua portio creaturae tuae. Tu excitas ut laudare te delectet, quia fecisti nos ad te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te.
Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza; grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene número. Y quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación; el hombre, que lleva consigo su mortalidad, que lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. Y, con todo, quiere alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación. Tú le mueves a que se deleite en alabarte, porque nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.
«Tarde te amé»: la oración de san Agustín más conocida
Está en el libro X de las Confesiones (capítulo 27). Agustín, ya obispo, mira atrás a los años en que buscaba la felicidad en las criaturas, y le habla a Dios de su conversión con imágenes tomadas de los cinco sentidos: el oído, la vista, el olfato, el gusto y el tacto.
Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te amavi! Et ecce intus eras et ego foris, et ibi te quaerebam, et in ista formosa quae fecisti deformis irruebam. Mecum eras, et tecum non eram. Ea me tenebant longe a te, quae si in te non essent, non essent. Vocasti et clamasti et rupisti surditatem meam; coruscasti, splenduisti et fugasti caecitatem meam; fragrasti, et duxi spiritum et anhelo tibi; gustavi et esurio et sitio; tetigisti me, et exarsi in pacem tuam.
¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, y yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuvieran en ti, no existirían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo respiré, y suspiro por ti; te gusté, y tengo hambre y sed de ti; me tocaste, y me abrasé en tu paz.
Es una oración para rezar despacio, después de la Comunión o en un rato de silencio ante el Santísimo. Cada frase puede meditarse por separado.
Oración de conversión de san Agustín (Soliloquios)
Los Soliloquios comienzan con una larga oración que el recién convertido dirige a Dios antes de ponerse a buscar la verdad. Damos su parte central (libro I, capítulo 1, n. 5), que es una verdadera oración de conversión: la de quien ha decidido volver a Dios y no sabe todavía cómo.
Iam te solum amo, te solum sequor, te solum quaero, tibi soli servire paratus sum, quia tu solus iuste dominaris; tui iuris esse cupio. Iube, quaeso, atque impera quidquid vis, sed sana et aperi aures meas, quibus voces tuas audiam. Sana et aperi oculos meos, quibus nutus tuos videam. Expelle a me insaniam, ut recognoscam te. Dic mihi qua attendam, ut aspiciam te, et omnia me spero quae iusseris esse facturum. Recipe, oro, fugitivum tuum, Domine, clementissime Pater: iamiam satis poenas dederim, satis inimicis tuis, quos sub pedibus habes, servierim, satis fuerim fallaciarum ludibrium. Accipe me ab istis fugientem famulum tuum, quia et isti me, quando a te fugiebam, acceperunt alienum. Ad te mihi redeundum esse sentio: pateat mihi pulsanti ianua tua; quomodo ad te perveniatur doce me. Nihil aliud habeo quam voluntatem; nihil aliud scio nisi fluxa et caduca spernenda esse, certa et aeterna requirenda. Hoc facio, Pater, quia hoc solum novi; sed unde ad te perveniatur ignoro. Tu mihi suggere, tu ostende, tu viaticum praebe. Si fide te inveniunt qui ad te refugiunt, fidem da; si virtute, virtutem; si scientia, scientiam. Auge in me fidem, auge spem, auge caritatem.
Ya solo a ti te amo, solo a ti te sigo, solo a ti te busco; solo a ti estoy dispuesto a servir, porque solo tú reinas con justicia; quiero ser tuyo. Manda, te lo ruego, y ordena lo que quieras, pero sana y abre mis oídos, para que oiga tu voz. Sana y abre mis ojos, para que vea tus señas. Aparta de mí la locura, para que te reconozca. Dime adónde he de mirar para verte, y espero hacer todo lo que me mandes. Recibe, te lo ruego, a tu fugitivo, Señor, Padre clementísimo: bastante castigo he sufrido ya, bastante he servido a tus enemigos, que tienes bajo tus pies, bastante he sido juguete de los engaños. Recibe a tu siervo que huye de ellos, pues también ellos me recibieron como a un extraño cuando huía de ti. Siento que debo volver a ti: que se abra tu puerta a mi llamada; enséñame cómo se llega a ti. No tengo más que la voluntad; no sé más que esto: que hay que despreciar lo pasajero y caduco, y buscar lo cierto y eterno. Esto hago, Padre, porque es lo único que sé; pero ignoro por dónde se llega a ti. Sugiérelo tú, muéstramelo tú, dame tú el viático. Si te encuentran por la fe los que se refugian en ti, dame la fe; si por la virtud, la virtud; si por la ciencia, la ciencia. Aumenta en mí la fe, aumenta la esperanza, aumenta la caridad.
Oraciones cortas de san Agustín
Para quien busca una oración breve, que pueda repetirse a lo largo del día, las obras de san Agustín ofrecen varias. Estas tres son auténticas:
Deus semper idem, noverim me, noverim te.
Oh Dios, siempre el mismo: que me conozca a mí, que te conozca a ti.
(Soliloquios, libro II, capítulo 1: con estas palabras abre Agustín el segundo libro, y añade: «Ya está hecha la oración».)
Da quod iubes, et iube quod vis.
Da lo que mandas, y manda lo que quieras.
(Confesiones, libro X, capítulo 29. La repite varias veces en ese libro: pedir a Dios la gracia de cumplir lo que Él mismo manda.)
Meminerim tui; intellegam te; diligam te.
Que me acuerde de ti, que te entienda, que te ame.
(Sobre la Trinidad, libro XV, capítulo 28.)
Oración de san Agustín para estudiar
San Agustín terminó su gran tratado Sobre la Trinidad, fruto de largos años de trabajo, con una oración que es la de todo estudiante cristiano: buscar a Dios con la inteligencia sin cansarse, y someter al juicio de Dios y de la Iglesia todo lo que uno ha escrito (libro XV, capítulo 28, n. 51). Damos su comienzo y sus últimas líneas.
Domine Deus meus, una spes mea, exaudi me, ne fatigatus nolim te quaerere, sed quaeram faciem tuam semper ardenter. Tu da quaerendi vires, qui inveniri te fecisti, et magis magisque inveniendi te spem dedisti. Coram te est firmitas et infirmitas mea: illam serva, istam sana. Coram te est scientia et ignorantia mea: ubi mihi aperuisti, suscipe intrantem; ubi clausisti, aperi pulsanti. Meminerim tui; intellegam te; diligam te. Auge in me ista, donec me reformes ad integrum.
[…]
Domine Deus une, Deus Trinitas, quaecumque dixi in his libris de tuo, agnoscant et tui; si qua de meo, et tu ignosce et tui. Amen.
Señor Dios mío, mi única esperanza, escúchame, para que no deje de buscarte por cansancio, sino que busque siempre tu rostro con ardor. Dame tú fuerzas para buscarte, tú que hiciste que te encontrara y me diste la esperanza de encontrarte más y más. Ante ti están mi firmeza y mi debilidad: conserva aquella, sana esta. Ante ti están mi ciencia y mi ignorancia: donde me abriste, recíbeme cuando entro; donde me cerraste, ábreme cuando llamo. Que me acuerde de ti, que te entienda, que te ame. Aumenta en mí estos dones, hasta que me reformes por entero.
[…]
Señor Dios uno, Dios Trinidad: cuanto he dicho en estos libros que venga de ti, reconózcanlo también los tuyos; y si algo es mío, perdónalo tú y perdónenlo los tuyos. Amén.
Esa búsqueda de Dios con la inteligencia es la que san Anselmo, que sigue de cerca a san Agustín, resumiría siglos después en tres palabras: fides quaerens intellectum, «la fe que busca entender».
La tradición conserva otra gran oración para antes de estudiar: la oración del estudiante de santo Tomás de Aquino.
Oración de san Agustín por los difuntos
Muchas personas buscan una «oración de san Agustín por los difuntos» o «por las almas del purgatorio». La auténtica es la que él mismo rezó por su madre, santa Mónica, muerta en Ostia en el otoño de 387, pocos meses después del bautismo de su hijo. Antes de morir, Mónica había pedido a sus hijos una sola cosa: «Poned este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe su cuidado. Solo os ruego que os acordéis de mí ante el altar del Señor, dondequiera que estéis» (Confesiones, IX, 11).
Años después, al escribir las Confesiones, Agustín cumple ese ruego con esta oración (libro IX, capítulo 13, nn. 35 y 37), de la que damos los pasajes principales:
Ego itaque, laus mea et vita mea, Deus cordis mei, sepositis paulisper bonis eius actibus, pro quibus tibi gaudens gratias ago, nunc pro peccatis matris meae deprecor te. Exaudi me per medicinam vulnerum nostrorum, quae pependit in ligno et sedens ad dexteram tuam te interpellat pro nobis. Scio misericorditer operatam et ex corde dimisisse debita debitoribus suis: dimitte illi et tu debita sua, si qua etiam contraxit per tot annos post aquam salutis. Dimitte, Domine, dimitte, obsecro, ne intres cum ea in iudicium. Superexsultet misericordia iudicio.
[…] Sit ergo in pace cum viro […]. Et inspira, Domine meus, Deus meus, inspira servis tuis, fratribus meis, filiis tuis, dominis meis, quibus et corde et voce et litteris servio, ut quotquot haec legerint, meminerint ad altare tuum Monnicae, famulae tuae, cum Patricio, quondam eius coniuge.
Yo, pues, alabanza mía y vida mía, Dios de mi corazón, dejando por un momento a un lado sus buenas obras, por las que te doy gracias con gozo, te ruego ahora por los pecados de mi madre. Escúchame por aquel que es la medicina de nuestras heridas, que pendió del madero y que, sentado a tu derecha, intercede ante ti por nosotros. Sé que obró con misericordia y que perdonó de corazón las deudas a sus deudores: perdónale tú también sus deudas, si alguna contrajo en tantos años después del agua de la salvación. Perdónala, Señor, perdónala, te lo suplico, y no entres en juicio con ella. Que la misericordia triunfe sobre el juicio.
[…] Descanse, pues, en paz con su esposo […]. E inspira, Señor mío, Dios mío, inspira a tus siervos, mis hermanos, a tus hijos, mis señores, a quienes sirvo con el corazón, con la palabra y con la pluma, para que cuantos lean esto se acuerden ante tu altar de Mónica, tu sierva, y de Patricio, que fue su esposo.
Esta oración es un testimonio precioso de la fe de la Iglesia antigua en la oración por los difuntos y en el valor del santo Sacrificio ofrecido por ellos. Mónica no pide un sepulcro, sino que se acuerden de ella «ante el altar». La Escritura lo enseña ya: «Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de las penas de sus pecados» (2 Mac 12, 46). San Agustín volvió sobre ello en su tratado Sobre el cuidado de los difuntos, donde enseña que los difuntos reciben ayuda de las oraciones, del Sacrificio del altar y de las limosnas de los vivos.
Quien quiera rezar hoy por sus muertos con la Iglesia encontrará más textos en nuestra página de oración por los difuntos, en la oración a las benditas ánimas del purgatorio y en lo que explicamos sobre el Día de los Fieles Difuntos.
Oración de san Agustín al Espíritu Santo (atribuida)
Esta es, después del «Tarde te amé», la oración más buscada con su nombre. Circula en español en esta forma:
Espíritu Santo, inspíranos, para que pensemos santamente. Espíritu Santo, incítanos, para que obremos santamente. Espíritu Santo, atráenos, para que amemos las cosas santas. Espíritu Santo, fortalécenos, para que defendamos las cosas santas. Espíritu Santo, ayúdanos, para que no perdamos nunca las cosas santas.
Hay que decirlo con claridad: esta oración no se ha localizado en ninguna obra de san Agustín. Es una oración devocional de origen incierto, que la piedad ha puesto bajo su nombre. Su contenido es plenamente católico y puede rezarse con fruto, por ejemplo durante la novena al Espíritu Santo; pero conviene presentarla como «atribuida», no como texto del santo.
Oración a san Agustín de Hipona: la colecta de su fiesta
Para rezar a san Agustín, y no ya con sus palabras, la oración más segura es la que la Iglesia le dirige el día de su fiesta, el 28 de agosto, fiesta de tercera clase en el calendario de 1962. Es la colecta de la Misa In medio Ecclesiae, del común de doctores:
Adesto supplicationibus nostris, omnipotens Deus: et, quibus fiduciam sperandae pietatis indulges, intercedente beato Augustino Confessore tuo atque Pontifice, consuetae misericordiae tribue benignus effectum. Per Dominum nostrum Jesum Christum Filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum. Amen.
Atiende a nuestras súplicas, Dios omnipotente, y, a quienes concedes la confianza de esperar en tu bondad, concédeles benigno, por la intercesión del bienaventurado Agustín, tu confesor y pontífice, el efecto de tu acostumbrada misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.
La víspera, el 27 de agosto, el calendario de 1962 no celebra a santa Mónica, cuya fiesta tradicional es el 4 de mayo: el calendario de 1969 la trasladó al 27 de agosto para ponerla junto a su hijo. Quien quiera unir a la madre y al hijo en la oración puede rezar la oración a santa Mónica o la novena a santa Mónica, la madre que lloró tantos años por la conversión de Agustín.
Oraciones que no son de san Agustín
Varias oraciones muy difundidas llevan el nombre de san Agustín sin ser suyas. Decirlo no les quita necesariamente valor, pero sí evita poner en boca de un Padre de la Iglesia palabras que nunca escribió.
«La muerte no es nada»
El texto que empieza «La muerte no es nada, solo he pasado a la habitación de al lado…» no es de san Agustín. Procede de un sermón del teólogo anglicano Henry Scott Holland, canónigo de la catedral de San Pablo de Londres, predicado en 1910 tras la muerte del rey Eduardo VII. En ese sermón, además, Holland presentaba estas palabras como una de las dos maneras opuestas con que el hombre mira la muerte, no como la última palabra sobre ella. La fe católica no dice que la muerte «no sea nada»: es el salario del pecado, vencido por la Resurrección de Cristo, y los difuntos necesitan nuestras oraciones, como enseña la oración auténtica de san Agustín por su madre.
«No llores si me amas»
La carta que comienza «No llores si me amas; si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo…» tampoco se ha localizado en ninguna obra de san Agustín: es un texto de origen desconocido que circula con su nombre. Expresa una esperanza cristiana sincera, pero no es suya.
Quién fue san Agustín
Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste, en el norte de África, hijo de Patricio, pagano, y de santa Mónica. Brillante profesor de retórica en Cartago, Roma y Milán, vivió hasta los treinta y dos años lejos de la fe y de la moral cristianas, adherido durante años a la secta maniquea. En Milán le conmovió la predicación de san Ambrosio, y en 386, en un jardín de Milán, oyó una voz de niño que repetía Tolle, lege, «toma y lee»: abrió las cartas de san Pablo y se convirtió.
San Ambrosio lo bautizó en la Vigilia pascual de 387. Ordenado sacerdote en 391 y consagrado obispo de Hipona en 395, gobernó aquella Iglesia durante treinta y cinco años, combatió las herejías de su tiempo y escribió, entre otras obras, las Confesiones y La ciudad de Dios. Murió el 28 de agosto de 430, durante el asedio de Hipona por los vándalos; en su última enfermedad pidió que escribieran los salmos penitenciales y los colgaran en la pared, junto a su cama, para leerlos llorando. Es doctor de la Iglesia y uno de los grandes santos católicos de todos los tiempos.
Preguntas Frecuentes
¿Cuál es la oración más famosa de san Agustín?
«Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva», del libro X de las Confesiones, y la frase del libro I: «Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
¿Es de san Agustín la oración «La muerte no es nada»?
No. Es un fragmento de un sermón del anglicano Henry Scott Holland, de 1910. No aparece en ninguna obra de san Agustín.
¿Es de san Agustín «No llores si me amas»?
No. No se ha localizado en sus obras; es un texto de origen desconocido que circula con su nombre.
¿Cuál es la oración de san Agustín al Espíritu Santo?
La que comienza «Espíritu Santo, inspíranos, para que pensemos santamente». Es una oración atribuida, que no se ha localizado en sus obras, aunque su contenido es plenamente católico.
¿Rezaba san Agustín por los difuntos?
Sí. En las Confesiones reza por su madre difunta y pide a sus lectores que se acuerden de ella ante el altar, y en su tratado Sobre el cuidado de los difuntos enseña que las oraciones, el Sacrificio de la Misa y las limosnas ayudan a los difuntos.
¿Cuál es la oración de conversión de san Agustín?
La de los Soliloquios: «Ya solo a ti te amo, solo a ti te sigo, solo a ti te busco». La escribió en Casiciaco, en los meses que siguieron a su conversión, antes de su bautismo.
¿Cuándo es la fiesta de san Agustín?
El 28 de agosto, día de su muerte, fiesta de tercera clase en el calendario de 1962.
Reza la Misa y el Oficio de san Agustín el 28 de agosto, y las oraciones de la tradición en latín y en español, con el Misal y el Breviario de 1962 en la aplicación Iter Fidei. Únase al acceso anticipado aquí.
Fuentes. San Agustín, Confesiones (I, 1; IX, 11 y 13; X, 27 y 29), Soliloquios (I, 1; II, 1), Sobre la Trinidad (XV, 28) y Sobre el cuidado de los difuntos; Sagrada Escritura (traducción de Félix Torres Amat): 2 Mac 12, 46; Misal Romano de 1962, fiesta de san Agustín, obispo, confesor y doctor (28 de agosto); Butler, Vidas de los santos, 28 de agosto y 4 de mayo.