Santos
San Policarpo de Esmirna: vida, martirio y oración
Quién fue san Policarpo, obispo de Esmirna y mártir, discípulo de san Juan Evangelista y maestro de san Ireneo: su carta a los Filipenses, su encuentro con san Ignacio de Antioquía, su viaje a Roma, el relato de su martirio, la oración que pronunció en la hoguera, su fiesta del 26 de enero y la oración del Misal de 1962.
San Policarpo fue obispo de Esmirna, en Asia Menor, en el siglo II: discípulo del apóstol san Juan, que lo puso al frente de aquella Iglesia, y maestro de san Ireneo de Lyon. Murió quemado en el estadio de Esmirna, ya anciano, después de responder al procónsul que le pedía renegar de Cristo: «Ochenta y seis años hace que le sirvo, y ningún mal me ha hecho; ¿cómo podría blasfemar de mi Rey y mi Salvador?». En el calendario de 1962 su fiesta se celebra el 26 de enero, con rango de III clase y ornamentos rojos.
¿Quién es san Policarpo?
Discípulo de san Juan Evangelista
San Policarpo pertenece al pequeño grupo de obispos que la Iglesia llama Padres apostólicos: los que conocieron a los apóstoles y recibieron de ellos directamente la fe. San Jerónimo, cuyo texto lee el Breviario Romano en su fiesta, lo resume así: Policarpo, discípulo del apóstol Juan y ordenado por él obispo de Esmirna, fue la primera figura de toda el Asia, porque había tenido como maestros a algunos de los apóstoles y de los que habían visto al Señor, y los había visto con sus propios ojos.
¿Dónde nació san Policarpo?
Las fuentes que seguimos aquí —Butler y la lección del Breviario— no indican el lugar de su nacimiento. Lo que sí sabemos es dónde vivió y murió: en Esmirna, la actual Esmirna (İzmir), en la costa occidental de Turquía, una de las siete Iglesias de Asia a las que se dirige el Apocalipsis. Tampoco conocemos con certeza el año de su nacimiento: solo que, al morir, llevaba ochenta y seis años sirviendo a Cristo.
El maestro de san Ireneo
Entre sus discípulos estuvo san Ireneo de Lyon, que de joven lo escuchó en Esmirna. Muchos años después, escribiendo a un antiguo compañero que había caído en la herejía, Ireneo evocaba el recuerdo vivísimo de su maestro:
«Podría decirte el lugar donde el bienaventurado Policarpo se sentaba para predicar la palabra de Dios. Aún tengo presente la gravedad con que entraba y salía, la santidad de su porte, la majestad de su rostro y sus santas exhortaciones al pueblo. Me parece oírle todavía contar cómo había tratado con Juan y con muchos otros que habían visto a Jesucristo, y las palabras que había oído de su boca. Puedo asegurar delante de Dios que, si aquel santo obispo hubiera oído un error semejante al tuyo, se habría tapado los oídos y habría exclamado, según su costumbre: "¡Dios bueno! ¿Para qué tiempos me has reservado, que tenga que oír tales cosas?"».
Gracias a esa cadena —Juan, Policarpo, Ireneo— la Iglesia del siglo II podía mostrar a los herejes que su fe era la misma que habían enseñado los apóstoles.
San Policarpo y san Ignacio de Antioquía
San Ignacio, obispo de Antioquía, pasó por Esmirna encadenado, camino de Roma, donde iba a ser arrojado a las fieras. Policarpo besó sus cadenas. Ignacio le confió después el cuidado de su lejana Iglesia de Antioquía y le pidió que escribiera en su nombre a las Iglesias de Asia a las que él no había tenido tiempo de escribir. Entre las cartas que Ignacio escribió en aquel viaje hay una dirigida personalmente a Policarpo, llena de consejos de un obispo a otro obispo.
La carta de san Policarpo a los Filipenses
Poco después, Policarpo escribió a la Iglesia de Filipos, en Macedonia, una carta que se ha conservado. San Jerónimo la llama «una carta muy útil», y dice que en su tiempo todavía se leía en las asambleas de las Iglesias de Asia; san Ireneo y Eusebio la elogian también. Butler la alaba por la excelencia de sus enseñanzas y la claridad de su estilo: es la exhortación de un pastor que transmite, sin añadir nada, la fe recibida de los apóstoles. Es el único escrito suyo que se ha conservado.
El viaje a Roma: la Pascua y Marción
En tiempos del emperador Antonino Pío, Policarpo viajó a Roma para tratar con el papa san Aniceto algunas cuestiones, sobre todo la fecha de la Pascua, que las Iglesias de Asia celebraban de distinto modo que Roma. Ninguno de los dos logró convencer al otro, y acordaron que cada uno guardara su costumbre sin romper la caridad; en señal de respeto, Aniceto le pidió que celebrara la Eucaristía en su propia iglesia. Durante aquella estancia, dice san Jerónimo, devolvió a la fe a muchos cristianos engañados por los herejes Marción y Valentín.
Un día se cruzó en la calle con el propio Marción, que le preguntó, ofendido de que no lo saludara: «¿No me conoces?». Policarpo respondió: «Sí: te conozco, primogénito de Satanás». Había aprendido de su maestro san Juan el horror a los que adulteran la verdad divina.
El martirio de san Policarpo
La Iglesia de Esmirna escribió, poco después de su muerte, una carta a las demás Iglesias contando el martirio de su obispo. Es uno de los relatos de martirio más antiguos que se conservan, y el que sigue Butler en su vida del santo. Lo resumimos según ese relato.
La persecución en Esmirna
Estalló una violenta persecución en Asia. En el estadio de Esmirna, un joven cristiano llamado Germánico murió con tal valor que la multitud, enardecida, empezó a gritar: «¡Fuera los ateos! ¡Que busquen a Policarpo!». «Ateos» llamaban los paganos a los cristianos, porque no adoraban a sus dioses.
Policarpo, sin miedo, se dejó convencer por sus fieles para esconderse en una aldea cercana. Tres días antes de ser apresado vio en sueños que su almohada ardía, y dijo a los que estaban con él: «Tengo que ser quemado vivo». Un esclavo, amenazado con el tormento, reveló su escondite.
«Hágase la voluntad de Dios»
Cuando los jinetes enviados por el jefe de policía, llamado Herodes, rodearon de noche la casa, Policarpo no quiso huir: «Hágase la voluntad de Dios». Bajó a recibirlos, mandó que les dieran de cenar y les pidió solo un tiempo para orar. De pie, rezó durante dos horas por su rebaño y por toda la Iglesia, con tal fervor que algunos de los que venían a prenderlo se arrepintieron de su encargo.
Por el camino, Herodes y su padre Nicetas lo subieron a su carro e intentaron convencerlo: «¿Qué mal hay en decir "Señor César" y ofrecer incienso, para salvar la vida?». Llamar «Señor» al César significaba reconocer su divinidad. Policarpo respondió: «No haré lo que me aconsejáis», y lo arrojaron del carro con tanta violencia que se lastimó la pierna.
«Ochenta y seis años hace que le sirvo»
Al entrar en el estadio, muchos oyeron una voz del cielo: «¡Ánimo, Policarpo, y pórtate varonilmente!». El procónsul le pidió que tuviera en cuenta su edad, que jurara por el genio del César y que dijera: «¡Fuera los ateos!». Policarpo, volviéndose con rostro severo hacia la multitud pagana, dijo: «¡Fuera los ateos!».
El procónsul insistió: «Jura, y te dejo libre; maldice a Cristo». Y el anciano obispo respondió:
«Ochenta y seis años hace que le sirvo, y ningún mal me ha hecho; ¿cómo podría blasfemar de mi Rey y mi Salvador? Si pretendes que jure por el genio del César, escucha mi libre confesión: soy cristiano».
Ante las amenazas —«Tengo fieras», «Te haré quemar»—, respondió: «Me amenazas con un fuego que arde un momento y luego se apaga, porque ignoras el fuego del juicio venidero y del castigo eterno reservado a los impíos. ¿Por qué tardas? Haz lo que quieras». El pregonero anunció tres veces en medio del estadio: «Policarpo ha confesado que es cristiano», y la multitud de paganos y judíos gritó que lo quemaran vivo.
La hoguera
La gente corrió a traer leña de los talleres y de los baños. Policarpo se quitó la ropa y quiso descalzarse. Iban a clavarlo al poste, pero él dijo: «Dejadme así. El que me da la gracia de soportar el fuego me dará también la de permanecer inmóvil en la hoguera». Le ataron las manos a la espalda y, levantando los ojos al cielo, pronunció su última oración.
Cuando prendieron fuego, cuentan los testigos, las llamas se arquearon como la vela de un barco hinchada por el viento y rodearon el cuerpo del mártir sin consumirlo; no parecía carne que se quema, sino pan que se cuece u oro que se acrisola, y se extendió un perfume como de incienso. Entonces mandaron que lo hirieran con un hierro, y brotó tanta sangre que apagó el fuego. Las autoridades quemaron después el cuerpo para que los cristianos no se lo llevaran. «Nosotros recogimos sus huesos, más preciosos que las joyas de oro más ricas», escriben los de Esmirna, «y los depositamos en un lugar conveniente, donde, si Dios lo permite, nos reuniremos con gozo para celebrar el día natalicio de su martirio».
Murió un 23 de febrero, a las dos de la tarde; el año es incierto: Butler da el 155 o el 166, sin excluir otro año. San Jerónimo lo sitúa bajo los emperadores Marco Antonino y Lucio Aurelio Cómodo. Otro gran testigo de la fe del siglo II, el filósofo san Justino mártir, murió decapitado en Roma hacia el año 165.
La oración de san Policarpo
Esta es la oración que, según el relato de la Iglesia de Esmirna, pronunció el santo atado ya al poste. La traducción que sigue es nuestra, hecha sobre el texto inglés que da Butler:
Oh Señor Dios todopoderoso, Padre de tu amado y bendito Hijo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de ti, Dios de los ángeles y de las potestades y de toda la creación, y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia: te bendigo porque te has dignado traerme a esta hora, para que reciba una parte entre tus mártires y participe del cáliz de tu Cristo, para la resurrección a la vida eterna, del alma y del cuerpo, en la inmortalidad del Espíritu Santo. Entre ellos concédeme ser recibido hoy como sacrificio agradable, tal como tú mismo lo preparaste, oh Dios verdadero y fiel.
Por eso, por todas las cosas te alabo, te bendigo y te glorifico, por el eterno Sumo Sacerdote Jesucristo, tu Hijo amado, con el cual a ti y al Espíritu Santo sea la gloria, ahora y por siempre. Amén.
Es una oración de los primeros tiempos de la Iglesia, y termina con una doxología a la Santísima Trinidad, eco temprano del Gloria al Padre.
La oración de la Iglesia el 26 de enero
En el Misal Romano de 1962, la oración de la Misa de san Policarpo es la del común de un mártir pontífice. La damos en latín y en una traducción española fiel:
Oremus. Deus, qui nos beati Polycarpi Martyris tui atque Pontificis annua solemnitate laetificas: concede propitius; ut, cuius natalitia colimus, de eiusdem etiam protectione gaudeamus. Per Dominum nostrum Iesum Christum, Filium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum. Amen.
Oremos. Oh Dios, que nos alegras con la solemnidad anual del bienaventurado Policarpo, tu mártir y pontífice: concédenos propicio que, pues celebramos su nacimiento para el cielo, gocemos también de su protección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
La epístola de esa Misa es propia: un pasaje de la primera carta de san Juan (1 Jn 3, 10-16), que termina con estas palabras, en la versión de Torres Amat: «En esto hemos conocido la caridad de Dios, en que dio el Señor su vida por nosotros: y así nosotros debemos estar prontos a dar la vida por la salvación de nuestros hermanos». La Iglesia hace leer, en la fiesta del discípulo, la enseñanza del maestro que él cumplió hasta el fuego.
¿Cuándo se celebra san Policarpo?
En el calendario de 1962, san Policarpo se celebra el 26 de enero, como fiesta de III clase, con ornamentos rojos de mártir. El Breviario lee en Maitines la noticia que le dedicó san Jerónimo en su libro De los varones ilustres. Al día siguiente, el 27 de enero, la Iglesia celebra a otro gran obispo de Oriente, san Juan Crisóstomo.
La reforma del calendario de 1969 trasladó su memoria al 23 de febrero, día de su martirio según el relato de Esmirna. Los libros de 1962, que seguimos en Iter Fidei, la conservan el 26 de enero.
En el mismo calendario tradicional, la Iglesia honra a otros mártires de los primeros siglos cuyo testimonio se conserva en relatos antiguos, como san Lorenzo, el diácono de Roma, o santa Inés, la virgen mártir cuya fiesta es el 21 de enero.
Preguntas Frecuentes
¿Quién fue san Policarpo en pocas palabras?
Obispo de Esmirna en el siglo II, discípulo del apóstol san Juan y maestro de san Ireneo. Escribió una carta a los Filipenses que se conserva, viajó a Roma para tratar con el papa Aniceto y murió quemado en el estadio de Esmirna por negarse a renegar de Cristo.
¿Por qué quemaron a san Policarpo?
Porque se negó a jurar por el genio del César y a maldecir a Cristo. La multitud del estadio pidió que lo quemaran vivo, y el procónsul lo concedió. Según el relato de su martirio, el fuego no lo consumió y tuvieron que rematarlo con un hierro.
¿Qué significa «ochenta y seis años hace que le sirvo»?
Es la respuesta de Policarpo al procónsul. Quiere decir que llevaba ochenta y seis años como cristiano, probablemente desde su infancia o su bautismo, y que en todo ese tiempo Cristo no le había hecho ningún mal.
¿Qué relación hay entre san Ignacio de Antioquía y san Policarpo?
San Ignacio pasó por Esmirna camino del martirio en Roma; Policarpo besó sus cadenas. Ignacio le escribió una carta personal y le encomendó su Iglesia de Antioquía.
¿Cuántas cartas escribió san Policarpo?
Solo se conserva una: la carta a los Filipenses, que san Jerónimo dice que todavía se leía en su tiempo en las asambleas de Asia.
¿Qué milagros se cuentan de san Policarpo?
El relato de su martirio cuenta que una voz del cielo lo animó al entrar en el estadio, que las llamas lo rodearon como una vela sin consumirlo y que, al ser herido, brotó tanta sangre que apagó el fuego.
La aplicación Iter Fidei trae el Misal y el Breviario de 1962, con la Misa y el Oficio de san Policarpo, y el calendario tradicional, en latín y en español. Únase al acceso anticipado aquí.
Para conocer a los demás santos del calendario y el sentido de su culto, podéis leer nuestra página sobre los santos católicos.
Fuentes. Misal Romano de 1962, fiesta de san Policarpo, obispo y mártir (26 de enero); Breviario Romano, lección de san Jerónimo, De los varones ilustres, cap. 17; Alban Butler, Vidas de los santos (26 de enero); Sagrada Biblia, versión de Torres Amat.